CUANDO a mediados de los ochenta Gorbachov puso en marcha la perestroika, le pregunté a una amiga polaca, ya entonces afincada en Tenerife, qué le parecían esas reformas en la inamovible Unión Soviética. "Es como si hace setenta años a un hombre le hubieran quitado su burrito", respondió. "Durante este tiempo ha tenido que ir caminando a todas partes porque no tenía otro medio de transporte. Ahora, setenta años después de la revolución, cuando ya en todo el mundo menos en Rusia y en los países comunistas la gente se mueve en coches cómodos, le devuelven el burrito y encima le dicen que son muy buenos porque le han restituido lo que ya tenía".
Pese a los veinte años transcurridos desde que mantuvimos esta conversación, la descripción que hizo Eva -así se llama una de las mujeres más inteligentes que he conocido- del proceso que acabó con la Unión Soviética me sigue pareciendo cabal para explicar, con cuatro escuetas palabras, la mayor falacia social desde que el hombre empezó a correr sobre este planeta. El cinismo, en definitiva, de mostrar no sólo como algo bueno, sino incluso como un hecho excepcional para el avance de la humanidad, la sustitución de un régimen déspota y deleznable -el de los zares- por un sistema que en siete décadas acabó con la vida de muchos más rusos que Nicolás II y varios de sus antecesores. Que tampoco se quedaron cortos a la hora de enviar opositores al cadalso.
Sobra decir que la URSS fue durante algunas de esas décadas el espejo donde se miraba la izquierda española y, en consecuencia, el paraíso del progreso social. Es decir, un sagrario ideológico que no se podía profanar. Función a la que también se incorporó Cuba a comienzos de los sesenta, cuando el hoy moribundo Fidel Castro trocó en marxista su inicialmente revolución verde. La Gran Antilla proporcionaba el encanto añadido de que no era necesario hablar ruso para moverse por ella, y encima no hacía frío. Motivo más que suficiente para que, aún en pleno franquismo, muchos progres cruzaran el Atlántico a la búsqueda de vertiginosas sensaciones. Conozco a tres tipos de La Orotava, uno de ellos bastante conocido, que programaron unas vacaciones por allá deseosos de vivir la experiencia única del comunismo auténtico. Los tuvieron un mes trabajando en la caña de azúcar. Volvieron echando pestes y no han regresado jamás. Ni siquiera como turistas. Creo que ya tampoco son marxistas.
No obstante, todavía quedan por estos alrededores algunos que se mantienen ideológicamente incorruptos. La mayor pena para casi todos ellos es perder la posibilidad, algo cada día más fehaciente, de no conocer en persona al dictador Castro. Sin duda para doblar la cabeza ante él como lo hizo en su día Manuel Hermoso; es decir, con el gesto grave y los talones juntos tras el oportuno taconazo.
Tras muchos años de un manto del silencio -ni siquiera el impudor de los progres puede disfrazar los crímenes del castrismo-, se regodean ahora los ideológicamente impolutos con el anuncio de incipientes pero prometedoras reformas en Cuba. Verbigracia, el hecho de que quizá pronto los cubanos puedan alojarse en hoteles reservados para los extranjeros. Más o menos como si a un tinerfeño, después de cincuenta años de boom turístico, por fin le permitieran entrar en un hotel del Puerto de la Cruz o de Playa de las Américas. Todo un logro, coincidirán ustedes conmigo, que deja en pañales el ejemplo del burrito.
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