1.- Segundo artículo de la trilogía de Semana Santa sobre mi pueblo, el Puerto. La calle Blanco empieza en la plaza del Charco y termina en Las Cabezas. En ella se alzaba la industria automovilística de Hernández Hermanos, desde la venta de coches y repuestos al recauchutado. Las oficinas de Transportes de Tenerife ocupaban la planta baja de la mansión en la que nació el cronista José Agustín Álvarez Rixo. La casa de mi abuelo Domingo se alzaba frente al viejo Ayuntamiento, instalado en una vivienda propiedad de Esther Wildpret. En el número 6 vivía el médico don Celestino Cobiella; en el 4 estaba la panadería de doña Pepita Torrens. En los bajos de la casa de don Celestino, Radio Bazar, cuyo gerente era Antonio García, padre de Salvador García Llanos, hoy delegado del Gobierno. Antonio era una gran persona, un hombre educado y sonriente. Enfrente, don Santiago Baeza, propietario; y, a su lado, don Prudencio Suárez, a la sazón apoderado del Banco Exterior. En los bajos del Casino de los Caballeros, el depósito de víveres de Sixto ; enfrente, el antiguo hotel Turumbull, ocupado por la familia de don Manuel Hernández, el tabaquero.
2.- Lindando casi con la plaza, la agencia Ford, propiedad de don Julio Cruz; la Casa del Coño (bautizada así por sus cuatro pisos, convertida en Residencia Isora, cuyo director más importante fue don Julio M. Pérez Cruz, padre del hoy secretario de Estado de Justicia, Julio Pérez Hernández ); más abajo, el domicilio de don Luis Reverón, citado en el artículo de ayer; la barbería de Servando ; y la tienda de Carlitos "Pisahuevos", que era un hombre muy lento (de ahí su nombrete), que nos vendía los trompos de madera, a los que había que hacerles una cruz en la cabeza para que los espabilados no los aventaran a los tejados. Más centrado con la plaza, el edificio del Banco Exterior, que resiste, y la casa de mi abuelo Pedro , que sucumbió. Finalizando la calle, que había perdido su nombre por el de la plaza del Charco en la esquina de la calle Quintana, la Casa Yeoward, con su gran balconada hacia el mar. Lo tengo todo delante, como en una fotografía.
3.- La calle estaba empedrada, con unos adoquines que poco a poco fueron desapareciendo de allí para ser sustituidos por el asfalto. En la desembocadura de Quintana se colocaba una tribuna gris, tan gris como la política de aquellos tiempos, desde donde hablaba el gran Almadi , el mejor y más grande mantenedor de las fiestas del Puerto. Era un escritor lírico fantástico, a quien admiré mucho y lo sabe su hijo Enrique .
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