UN CAYUCO que, evidentemente, no había sido detectado ni por el inoperante dispositivo europeo llamado Frontex ni por el ya casi desaparecido SIVE (¿se acuerdan?: las siglas significaban Sistema de Vigilancia Exterior) llegó a última hora de la noche del miércoles hasta las mismas costas de la capital tinerfeña. África nos dejaba aquí mismo, a 200 metros del centro de la vida nocturna de Santa Cruz, a 56 de sus desheredados, menores de edad incluidos, después de una travesía que habrá sido penosa y que, de cumplirse las previsiones legales, no les habrá servido para nada a quienes han tenido el valor de realizarla, excepto, tal vez, a los menores. Con esta arribada se completa la tendencia de marzo, que era la de doblar el número de irregulares llegados por mar a Canarias en el mismo mes del año pasado. Es decir, rebrota el fenómeno tras el descenso de 2007. Los entendidos atribuyen este incremento al buen estado de la mar. Siempre hay un argumento meteorológico a mano para explicar estos repuntes. Lo cierto es que la avalancha no cesa, ni siquiera disminuye sensiblemente, y los mandatarios de Madrid siguen ofreciendo explicaciones cada vez menos creíbles.
La realidad es que Canarias, Tenerife, han sido dejadas a su suerte ante el éxodo masivo de personas en busca de una vida mejor que han decidido atravesar las fronteras por las buenas o por las malas. Después de los años que dura ya esta situación sin que cambie nada por ninguna de las dos partes en conflicto, países emisores y receptores de emigración, hay que dar por hecho que seguirán llegando a las Islas miles y miles de senegaleses, guineanos, malienses, gambianos y otras nacionalidades del África Occidental sin que nadie lo impida.
Ya imaginamos que estas consideraciones nos acarrearán el desprecio y hasta el insulto fácil de los de siempre: los que creen que esta tierra es de todo el que quiera venir e instalarse, porque todos somos humanos, y etcétera, etcétera. Entre los que aprovecharán para colgarnos el sambenito de xenófobos y racistas por defender el bienestar de quienes viven aquí a buen seguro que se encontrarán cuatro conocidos godos que están en activo en la prensa canaria y que se las dan de compasivos... con el hogar de otros, claro. Pero no nos importa. La incomprensión ajena es parte del precio que hay que pagar por decir la verdad, lo que otros callan y lo que, en el fondo, piensan la mayoría de los isleños con sentido común. Y es que aquí no cabemos todos; que Canarias es un territorio escaso y ya muy poblado y no puede ser la puerta de salida de un continente poblado por cientos de millones de seres humanos. Que, en suma, hay que exigirle enérgicamente al Estado que corte ya esa marea humana presionando a los países emisores de la emigración ilegal. Pedir eso no es negar el derecho que toda persona tiene a buscar una vida mejor. Sólo que se haga respetando las reglas y la casa ajena.
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