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PEDRO MILLÁN DEL ROSARIO

El Tíbet, China y el espíritu olímpico

20/mar/08 19:40
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EL TÍBET de hoy tiene muy poco que ver con el que invadieron los chinos en 1951, excusándose en que era un régimen feudal y teocrático. La República Popular China se ha esforzado a lo largo de más de medio siglo en aculturar el territorio y sus gentes, por las buenas o por las malas, con la maestría y la insensibilidad que sólo poseen los regímenes autoritarios más violentos y, por supuesto, ante la indiferencia y el sopor del resto del mundo que, sistemáticamente, mira para el otro lado cuando la policía china se dedica a practicar el tiro al blanco en las calles de Lasa, la capital del Tíbet.

"Necesitamos a China", decía Nixon en vísperas de su histórico viaje al país de Mao Zedong. Y por supuesto, el Tíbet no merece, no digo ni siquiera una guerra, ni unas sanciones comerciales, ni una mísera nota de protesta, no sea que se enfade del miembro con derecho a veto en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y, potencialmente, el mayor mercado del mundo y sede de las fábricas de la mayoría de productos que encontramos en nuestras tiendas. No sé si recuerdan que lo mismo decían de Checoslovaquia, en 1938, en Munich, los primeros ministros de Francia e Inglaterra, Daladier y Chamberlain (que por derecho propio han quedado para siempre en la historia de la infamia y la displicencia), respectivamente. Y es que la diplomacia, la pasada, la actual y -me temo- la futura no entiende de ética, de derechos humanos y de honor. Y el Tíbet es un caso de libro, desgraciadamente, no el único.

La tristemente famosa Revolución Cultural (1966-1976) llegó al Tíbet como un maremoto que arrasó literalmente con el patrimonio histórico, cultural y arquitectónico de siglos, y cercenó de raíz cualquier amago de pensamiento libre y de libertad en el país de los lamas. Los chinos tienen un método curioso para su política interior, lento pero efectivo, que consiste en pensar a largo plazo. Nada que ver con la inmediatez de Occidente. Es bastante célebre la frase de un dirigente chino de los ochenta: "Ya veremos cómo acaba eso de la revolución? francesa". En los acuerdos de devolución de Hong-Kong a China se especifica que la ex colonia mantendrá su régimen capitalista y su estilo de vida se mantendría hasta el 2047?, pasado mañana para los chinos. De igual manera piensan de Taiwán, la China nacionalista, que acabará siendo absorbida gradualmente por la República Popular por su crecimiento económico y militar, de forma natural pero irreversible. Y del resto del mundo, ya hablaremos? Son pacientes.

En el Tíbet se aplica la política de reprimir desde hace décadas cualquier amago de manifestación pública de protesta con la mayor dureza posible, de forma que el escarmiento sirva de lección para el futuro. Las torturas, los encarcelamientos sin juicio y las ejecuciones sumarias han sido moneda corriente todos estos años. Esto explica que las protestas de estos días las encabecen los monjes y monjas budistas (gente dada al sacrificio), fuertemente represaliados y permanentemente vigilados por las autoridades, que los consideran una perenne fuente de subversión. Además, los chinos son maestros de la represión y aprendieron la lección de Tianamen: ni una cámara, ni un periodista independiente, ni un solo testigo molesto, para poder actuar a sus anchas, militarmente y sin escrúpulos.

La eficiencia china no termina aquí, no crean. Lo más efectivo y menos visible es el día a día, la represión silenciosa. Absorber a la población tibetana con emigración masiva china de otras regiones (no es novedoso pero es eficaz, piensen en Marruecos en el Sahara), marginando a los tibetanos a los peores trabajos y peor remunerados; permitir sólo la educación en chino, censurando cuando no prohibiendo el uso libre de internet; demoliendo y urbanizando al "estilo Beijing", es decir, arrasando los signos externos de la historia tibetana para que los niños y jóvenes no recuerden nada anterior a 1951, "gloriosa fecha de la liberación", según los libros de texto de los escolares tibetanos.

Estas protestas se desencadenaron con un tema aparentemente secundario: la decisión del Gobierno chino de mantener el Everest (y el Cho Oyu) cerrados para alpinistas extranjeros durante esta primavera por "motivos medioambientales" (ante la hilaridad del montañismo mundial. Habrá un país que respete menos el medio ambiente en el planeta, pero no lo conocemos). La verdadera razón es que así podrán subir a los dos centenares largos de personas (con oxigeno y doping) que acompañarán a la llama olímpica y retransmitirlo en directo sin que medien actos de protesta, algo que -piensan- dañaría su imagen pública de cara a las Olimpiadas. No sería extraño que en esa subida "aparecieran" banderas del Tíbet libre y -ya sabemos- las dictaduras, incluyendo "las del pueblo", tienen un miedo atroz a ese tipo de protestas. Ahora bien, habrá que ver quién sube por el lado sur, por Nepal, no controlado por China. No cuesta imaginar que muchos montañeros europeos, americanos, japoneses, australianos, nepalíes estarían encantados de portar banderas del Tíbet y de aguar la fiesta a los chinos en directo. Y es que los montañeros somos unos románticos incurables y no entendemos de política, de diplomacia, de mercados emergentes ni de relaciones económicas, sólo somos capaces de distinguir el mal del bien. Y, hoy por hoy, China representa el mal en el Tíbet.

Para terminar, no es la primera vez que regímenes autoritarios, con las manos llenas de sangre celebran Olimpiadas. Recuerden las de Berlín en 1936 o las de Moscú, en 1980, pero quiero pensar que eran otros tiempos, y que el "espíritu olímpico" es algo más que un slogan de marketing. También quiero pensar que habrá periodismo libre en las Olimpiadas y que muchos atletas no serán políticamente correctos con el régimen de Pekín. El deporte no puede quedar al margen cuando se pisotea y se elimina a todo un pueblo, se violan los derechos humanos y se borra su cultura. Tristes olimpiadas las que se avecinan, en todo caso.

En cuanto a los tibetanos, con lo que sé y cómo funciona este mundo, creo que no tienen la más mínima oportunidad de conseguir nada más allá de unos cuantos titulares de periódicos y de informativos que, en breves fechas, pasarán a relatar los récords y los triunfos de nuestros paisanos en los Juegos Olímpicos de la infamia 2008. La represión china es y será brutal, matarán a unos cuantos centenares, encarcelarán a miles y los torturarán (reeducar, dicen ellos) y extremarán la vigilancia y el control, limitando la capacidad de protesta de la resistencia tibetana para los próximos años, tal vez décadas. China no cederá un ápice y el resto del mundo asistirá a este drama con incomodidad, pero con indiferencia. Es, en definitiva, una lucha sin esperanza a la que sólo le espera el fracaso y, tal vez, la muerte. Pero es una lucha bella, que enlaza con los más altos valores e ideales de la Humanidad y la justicia, una batalla que se lucha sin armas y con dignidad en abundancia. Una lucha de héroes contra villanos. Puestos a elegir, hay muertes peores, ¿no creen?

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