Cuando todavía no había visitado ningún país musulmán, escuchaba siempre con sumo interés lo que me contaban algunos amigos y conocidos, todos ellos procedentes de esas naciones mahometanas, acerca del Ramadán. O, mejor dicho, del ayuno durante el Ramadán. Según ellos, el hecho de no comer ni beber desde la salida del sol hasta el ocaso, ni siquiera inhalar el humo de un cigarrillo, aportaba el beneficio físico de "dejarte el cuerpo bien". Lo de ayunar siempre me pareció una excelente idea desde el punto de vista fisiológico. No estoy seguro, en cambio, de que sea igualmente sano permanecer más de doce horas cada día, y así durante un mes, sin beber ni una gota de agua. En cualquier caso, dejo esta discusión en manos de los expertos.
No obstante, y al margen de la opinión médica sobre el ayuno del Ramadán, está claro que sus posibles efectos beneficiosos quedan enteramente anulados por lo que hacen los musulmanes nada más ponerse el sol. Una comida copiosa, generalmente celebrada en familia, rompe sin contemplaciones el hambre diurno. Eso ocurre más o menos a las siete de las tarde. A las once de la noche, todavía sin digerir el primer ágape, es costumbre darse otro atracón. Por descontado, la mayoría de la gente se levanta a la cuatro de la madrugada para engullir un nutrido desayuno antes de que salga el sol. Los propios musulmanes reconocen, sin ambages, que esto no puede ser saludable. Incluso dudan de que el profeta Mahoma quisiera esto para sus seguidores. Sin tintes tan drásticos, cabría atribuirle un papel similar al ayuno y la abstinencia de los cristianos, y especialmente de los católicos, en Semana Santa y Cuaresma. No obstante, nuestra sociedad ha alcanzado un grado de laicismo que anula cualquier influencia de este tipo. La secularización generalizada de usos y costumbres, sobra decirlo, es una opción tan respetable como la religiosidad a ultranza. Lo incomprensible es la falta de compromiso hasta el final. Porque si alguien rechaza celebraciones como la Semana Santa debido a sus creencias -repito, legítimas creencias-, debería ser consecuente con su actitud y renunciar, asimismo, a unos días de vacaciones por esta época.
Más incongruente aún es la postura de personas no ya anticlericales, sino declaradamente enemigas de la Iglesia católica, que no dejan de bautizar a sus hijos porque lo imponen las normas sociales. El bautizo, la primera comunión y la confirmación, además del matrimonio religioso entre personas nada piadosas, se han convertido en ritos indispensables no por razón de un credo, sino como signo de distinción y hasta de solvencia económica. De hecho, los periódicos se llenan de reportajes sobre este tema cada vez que se acercan determinadas fechas del año.
Por añadidura, en muchos lugares donde sí se celebra la Semana Santa, ésta ha adquirido un carácter más folklórico que devoto. No hace falta citar a ciudades específicas -están en la mente de todos-, donde la gente acude a ver las procesiones como quien presencia un espectáculo. Existen, como es lógico, excepciones. Verbigracia, Santa Cruz de Tenerife. La gente que acude a las procesiones de esta capital lo hace para participar en ellas, y no para limitarse a verlas pasar desde las aceras. Una Semana Santa, en definitiva, caracterizada por el fervor y el recogimiento.
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