Cuando el pasado 29 de febrero leí en EL DÍA la reseña sobre los actos organizados por Metropolitano de Tenerife para conmemorar los 8.000.000 de usuarios que el tranvía ha alcanzado en sólo nueve meses, he de reconocer que me sentí como un niño que estrena tenis; además, no unos tenis cualquiera, sino de buena marca. Aquel mismo día, mientras me dirigía a mi casa siguiendo en parte su recorrido, me dije que a todos los chicharreros nos resultará ya difícil imaginarnos nuestra ciudad sin ese medio de transporte. Bien es cierto que a muchos les ha costado acostumbrarse a sus exigencias para lograr un buen funcionamiento, pero también lo es que últimamente, digamos que desde el comienzo del año, el comportamiento ciudadano ha mejorado muchísimo -me parece poco decir "mucho"-. Debió de ser hasta cierto punto desesperante para los rectores de Metropolitano observar cómo la gente pasaba olímpicamente de las recomendaciones dadas para el buen uso del nuevo medio de locomoción. Los archisabidos "antes de entrar dejen salir", "no cruzar las vías sino por los lugares señalados al efecto", "no viajar sin billete", etc., fueron sistemáticamente conculcados, unos más, otros menos, a lo largo de los siete meses posteriores a su puesta en servicio, pero después parece que la gente se ha concienciado y utiliza el servicio teniendo en cuenta que es eso, un servicio, al cual tenemos todos que tratar contando con los mismos derechos y las mismas obligaciones. Se nota, por poner un ejemplo, cuando alguien entra en un vagón y se demora un poco en sacar su billete para pasarlo por la máquina: los que están a su alrededor suelen mirarlo con cara de pocos amigos, como si pensasen que es un gorrón.
Para darnos cuenta de cómo ha calado el tranvía en nuestra población, sería conveniente recordar los comentarios que en ella se suscitaron durante la pasada huelga. Sin entrar en polémicas sindicales ni analizar las razones de la empresa y los trabajadores por haber planteado el conflicto laboral, a nadie le pareció correcto que a los seis o siete meses de inaugurado el servicio se echase mano de las socorridas "reivindicaciones". Y eso -al menos a mí así me lo parece- porque a estas alturas todos consideramos al tranvía como algo nuestro, algo que nos pertenece -después de todo, el Cabildo, como mayoritario en su accionariado, es el representante del pueblo-, y no estamos dispuestos a que su "niñez" y su "pubertad" se vean enturbiadas por discusiones que puedan empañar en el futuro su 'mayoría de edad'. Después, cuando pase algún tiempo, si los trabajadores no se sienten bien tratados, es justo que actúen en consecuencia, pero no ahora.
Mas no todo en la vida resulta agradable, y eso es lo que me ha ocurrido con uno de los aspectos que refleja la reseña que al principio comenté. Dice la información que tanto Melchior como Alonso "anunciaron que se está haciendo un seguimiento del nivel de carga del transporte para, llegado el caso, aumentar la frecuencia de paso a cinco minutos en determinadas horas e, incluso, añadir un módulo más al metro ligero". Es una información que, sin duda alguna, el público habrá agradecido pues eso hará posible que todos lleguemos antes a cumplir nuestras obligaciones, sean éstas del tipo que sean, pero a mí me gustaría que no sólo los dos políticos mencionados sino los dirigentes de Metropolitano se percatasen -seguro que ya se habrán dado cuenta de ello- de que, indirectamente, los usuarios del tranvía no son sólo los que van en los vagones sino los peatones y los automovilistas. Creo que éstos -y en algún momento todos lo somos-, los ciudadanos, estamos dando una muestra de civismo extraordinario. Da gusto ver el comportamiento de los conductores y peatones en las rotondas, esperando pacientemente el paso del tranvía y luego el de los vehículos que han de atravesar las vías, pero sería un pecado de lesa majestad abusar de su paciencia. Desconozco qué frecuencia de paso tiene el tranvía en las horas punta, pero sea la que sea yo la dejaría como está. Hay que darse cuenta de que cada vez que pasa uno de ellos el tráfico que va en sentido transversal se paraliza, siendo mayor el número de coches que espera su paso durante las mencionadas horas punta. Creo que lo logrado hasta ahora resulta bastante equilibrado, por lo que a mí me parece que sería preferible la otra opción, aumentar una unidad, o bien construirlas con más capacidad de pasajeros. Sabiendo la puntualidad del servicio, sólo rota por motivos ajenos a su funcionamiento, su calidad no mejoraría poniendo más unidades en funcionamiento. Al contrario, ensombrecería el buen clima creado a lo largo de estos nueve meses. Ya lo dicen los carteles que anuncian su prioridad de paso a lo largo de toda la vía, pero hacerla aún más frecuente puede originar protestas en quienes no utilizan todavía ese medio de transporte. Repito lo que dije al principio: la ciudad es de todos.
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