LA ETERNIDAD se me antoja como un concepto que va más allá del tiempo o lo excluye. Un reloj inerte con sus manecillas detenidas podría definirlo. Tiempo cero o infinito, pero, al fin y al cabo, no deja de ser una mera magnitud fruto de nuestro afán por medirnos o acotarnos como referencia con respecto al entorno, porque sin ese pilar básico no hay comparación posible. Cuando nuestra mente está lúcida o, al menos, eso parece, la percepción de la realidad es más nítida y certera. Fuera de los mundos conocidos y ocultos nos aproximamos al olvido, que también podría ser un acercamiento a la nada, y me abstengo de interpretar a Jean Paul Sartre, cuya incomprensión de su discurso tanto me fascinó y atrajo.
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