LOS RASGOS principales de las elecciones del domingo pasado y sus consecuencias inmediatas han sido ya expuestos y analizados cumplidamente en los medios de comunicación. En resumen telegráfico, éstos son: 1. El PSOE revalida su victoria de 2004, y crece en votos y en escaños, lo que le facilita la formación de mayorías, bien mediante pactos de legislatura, bien caso a caso, con aliados circunstanciales. 2. El PP vuelve a ser derrotado, y aunque crece más que el PSOE en votos y en escaños, eso le resulta inútil a los efectos de tocar poder. 3. El crecimiento de los dos grandes partidos nacionales es correlativo al descenso de la presencia de partidos nacionalistas, que pierden en votos y en escaños, con la sola excepción del BNG, que se mantiene con sus dos diputados. 4. Los dos grandes acaparan más del 90% de los escaños del Congreso, lo que permite conjeturar que el resultado de estas elecciones habría sido sustancialmente el mismo si el sistema electoral hubiera sido mayoritario.
Ha corrido mucha tinta acerca del descalabro de Esquerra Republicana e Izquierda Unida, la primera con un abrupto descenso de 8 a 3 escaños, la segunda desplomándose de 5 a 2. También ha sido comentada suficientemente la aparición de Unión, Progreso y Democracia con el acta obtenida por Rosa Díez. No cansaré, pues, al lector con más comentarios a este respecto.
La mentira
Me ha sorprendido que uno de los aspectos a mi modo de ver más relevantes de estas elecciones apenas haya sido destacado en estos días. Me refiero a la convalidación que el pueblo español ha hecho de la mentira como instrumento para hacer política. Hoy se sabe sin sombra de duda que José Luis Rodríguez Zapatero mintió al Gobierno de Aznar cuando firmó el Pacto por las Libertades y contra el terrorismo, pues al mismo tiempo estaba en conversaciones con la ETA para preparar una posible negociación si el PSOE ganase las elecciones de 2004. Se sabe que mintió cuando "verificaba" la ausencia de violencia por parte de la ETA cuando el Congreso autorizó al Gobierno a negociar con la banda si ésta renunciase a la violencia. Se sabe también que las negociaciones continuaron después del atentado mortal de la T-4 madrileña, a pesar de que Rodríguez Zapatero y varios miembros de su Gobierno mintieron deliberadamente al afirmar que se había terminado todo contacto. Y se sabe, en fin, que el propio Rodríguez Zapatero reconoció expresamente haber mentido, en unas declaraciones al director de El Mundo hechas en la precampaña electoral. Todo esto son hechos innegables.
En estas condiciones, un político habría quedado expulsado definitivamente de la vida pública en toda democracia digna de este nombre. Pero en España, Rodríguez Zapatero no sólo no ha sido castigado, sino que el electorado lo ha premiado revalidando su victoria de 2004, incluso con un aumento de cinco diputados sobre los obtenidos en la legislatura anterior.
Así las cosas, resulta sumamente difícil otorgar credibilidad a mentiroso tan contumaz. Si al menos se supiera que miente siempre, existiría algún criterio para discernir el valor de lo que dice; pero no es así. Rodríguez Zapatero a veces dice la verdad. En realidad dice lo que le conviene en cada momento, con entera independencia de si es verdad o no, y eso significa que es imposible confiar en sus promesas, creer sus informaciones o contar con sus compromisos. Por esta razón en democracia no caben los mentirosos, pues la política es negociación, pacto, confianza en el cumplimiento de los acuerdos. Si eso es imposible, no hay manera de hacer política.
Pero, como digo, el pueblo español ha otorgado mayoritariamente la responsabilidad de gobernar al mentiroso contumaz, y con esta cruz habrá que vivir los próximos cuatro años.
Las primeras declaraciones de Rodríguez Zapatero se han referido a su propósito de gobernar con más humildad, su disposición a llegar a acuerdos en materia de política antiterrorista y su promesa de que "por mí, no quedará", y su anuncio de modificar la estructura del Gobierno. ¿Qué significa todo esto? La respuesta, lamentablemente, es que no significa nada. No es posible tomar en serio lo que este hombre dice, y únicamente puede servir, como aguja de marear, lo que haga. Su palabra vale cero.
Hasta ahora no ha dicho nada sobre los contenidos de la política que se dispone a emprender. En cierto modo hay que agradecer este silencio, porque así muchos se ahorrarán la pérdida de tiempo en hacer planes derivados de lo que hubiera dicho y, eventualmente, el disgusto de comprobar que mentía una vez más.
Rajoy
El Partido Popular ha obtenido resultados notoriamente mejores que los que pronosticaban los sondeos, pero Mariano Rajoy no tiene fáciles estos cuatro años. Por lo pronto, ha tratado de conjurar una crisis en su partido anunciando que el congreso aplazado se celebrará en junio, y que él se presentará como candidato a renovar su mandato de presidente y, en consecuencia, su candidatura a la presidencia del Gobierno en las próximas elecciones generales.
Pero no es seguro que sólo con eso el PP esté libre de riesgos de tormenta interna: Rajoy ha creado un círculo de sal a su alrededor, dejando fuera del Congreso a todos los posibles competidores -hoy por hoy- para sucederle.
Eso probablemente le facilitará la reelección, pero también garantiza unos años de maniobras para colocarse lo mejor posible en caso de crisis. Resultaría irónico que, después de haber fracasado los pertinaces intentos de Rodríguez Zapatero, a lo largo de cuatro años, de fracturar al Partido Popular, se encontrase ahora con que el PP se fractura solo. Sería un regalo verdaderamente sarcástico, y una enorme decepción para los más de diez millones de ciudadanos que han confiado en él en la última consulta.
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