1.- En las biografías de Juan del Castillo que publican los diarios existe un lugar común: sus pregones. Se trata de una especie de excursus. Juan es mucho más; incluso un hombre tan noble y tan cabal que pudiendo haber destacado hasta el final de su vida laboral como funcionario, como literato y como político, prefirió la vida contemplativa: mirar La Orotava desde su corredor de tea. La tea es una madera fuerte, como el corazón de este viejo/joven amigo, al que su pueblo le ha concedido honores. Cuando uno llega a ciertas edades son estos actos los que emocionan. Y al día siguiente caminaba Juan por las pinas calles de la Villa, como pisando alfombras. En realidad, él siempre las ha pisado, pero tejidas en Persia, no fabricadas con pétalos de rosas y arenas multicolores de volcanes, privilegio de Custodia. Me hubiera gustado que sus padres vivieran las emociones que mi amigo contuvo en el acto de entrega del título.
2.- Juan del Castillo es un clásico, que cada año me provee del Anuario de la Nobleza, para que yo vea cuántos marqueses tenemos, desde Arona a Garachico. Y un romántico, que cortejó, incluso, a hijas de poncios y no quiso casarse, sencillamente porque está más cómodo soltero. La soledad es una bendición, en tantos casos. Sus pregones, y ahora soy yo quien alude al lugar común de su biografía, no se conforman con un conjunto de frases biensonantes, ni son escritos calamo currente, sino con una investigación muy sensata de la historia de los pueblos que ha cantado. Su afinidad con la coburgada es la anécdota que todo buen escritor hace presente, para vengarse de la memez de los otros.
3.- En su época de profesor, sus alumnos creían que le engañaban con los exámenes. Juan era más listo que ellos. Sus clases de Derecho Administrativo en La Laguna -durante diez años las impartió- son ahora recordadas, más que por su contenido jurídico (que lo tenían) por la solvencia de la palabra, por las alusiones a la política, por la fina ironía, por el talante en suma, que es un vocablo mucho más viejo que quien lo ha hecho suyo últimamente. Recuerdo que una vez le solicité un dictamen para la Asociación de la Prensa y fue su contenido de tal precisión y de tal sagacidad y realismo jurídico que el abogado de los opositores, que hoy ocupa un alto cargo en la Administración y es igualmente amigo, claudicó en sus peticiones, sonriendo, vencido por la ironía. Me he alegrado mucho, pues, de este nombramiento. Sólo una indisposición me impidió estar con él, como lo hubiese deseado. No hablaré de mis achaques, porque los ingleses -y Juan lo sabe- sostienen que es de mala educación. La Villa gana un hijo todavía más predilecto y la euforia del honor nos permitirá seguir disfrutando de un Juan del Castillo pletórico, lleno de vida, de lirismo y de creatividad literaria.
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