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DESDE DENTRO RICARDO PEYTAVÍ

La existencia matemática de Dios

16/mar/08 19:38
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LOS PROFESORES nos decían que en cuanto transcurría enero y febrero ya estábamos en junio. Pero no era así. Las tardes en las aulas durante los meses de marzo, abril y mayo eran igual de tediosas que las de octubre, noviembre y diciembre. Entonces los alumnos de bachillerato íbamos a clase por la mañana y por la tarde. Y si a las cinco, la hora de salir, no sabíamos la lección, nos dejaban castigados una hora más; o dos, o tres: las que fuesen precisas hasta que nos entrase la letra. Sólo entonces permitían que nos marchásemos. Aunque no todo era aburrimiento en aquel colegio de curas. A veces llegaba don Domingo -no recuerdo su apellido, si alguna vez lo supe- un poco más entonadillo de lo normal y, antes de empezar con la trigonometría, nos demostraba matemáticamente la existencia de Dios. Algo que podía hacer con toda impunidad, pues ninguno de nosotros poseía conocimientos suficientes para rebatirle la sucesión de fórmulas con las que iba llenando la pizarra. En realidad, a nadie debería extrañarle que en un colegio de curas un profesor, aunque fuese un profesor seglar contratado externamente, echase mano del método científico para confirmar la existencia del Divino Hacedor. El "pero" radicaba en que algunos días después don Domingo, con la cara enrojecidilla tras la comida, nos demostraba rigurosamente la inexistencia de Dios. Y algunas semanas más tarde, vuelta a empezar.

A lo largo de los 35 ó 40 años que han transcurrido desde entonces -de eso también he perdido la cuenta- he recordado en varias ocasiones estas anécdotas de adolescencia. A veces incluso se las he contado a algún amigo, no como muestra de que las Matemáticas son inservibles en sí mismas -todo lo contrario-, sino como prueba de que con la ciencia mal entendida, o en el mejor de los casos entendida a medias, se puede engañar a cualquiera que no posea suficientes conocimientos de causa sobre una determinada materia.

Sea como fuese, el asunto de don Domingo y sus irónicas lucubraciones hubiese quedado en ese baúl, entrañable pero inservible, en el que todos guardamos los recuerdos de nuestros mejores años. La noticia de que un sacerdote y matemático polaco acaba de recibir un premio académico, y encima el premio económicamente mejor dotado de cuantos se conceden en el mundo, por demostrar matemáticamente la existencia de Dios, me ha llevado a reconsiderar algunas ideas. ¿Eran las demostraciones de don Domingo algo más que la simple consecuencia de un vaso extra de vino a la hora del almuerzo? Pregunta superflua de respuesta inmediata: don Domingo era un excelente profesor del que aprendimos muchísimo, pero en aquellas tardes de sus peculiares cavilaciones no hubiera pasado el más benévolo control de alcoholemia. No caigamos en la categoría de los meapilas. Una cosa es ser creyente y religioso, y otra un memo de sacristía. Dicho sea con todo el respeto para los unos y los otros.

No voy a cometer la osadía de despachar en dos líneas un asunto que ha dado pie a toneladas de libros en los últimos siglos. Tan sólo diré, si me lo permiten ustedes en un Domingo de Ramos, que si algún día pudiésemos establecer la existencia de Dios con el rigor de un teorema matemático, perdería su esencia el ineludible componente espiritual de todo ser humano; ese alma invisible e intangible, pero no insensible, que poseen incluso los que se tienen a sí mismos por desalmados. Sería como debatir si se cree o no, por ejemplo, en la Teoría de la Relatividad o la segunda ley de la termodinámica; una discusión estúpida sobre asuntos sobradamente demostrados con leyes de la Física que están enteramente a nuestro alcance. En cambio, y para tortura perpetua de nuestro intelecto, al margen de cualquier conjetura matemática o filosófica, en Dios se cree o no se cree. Nada más.

rpeyt@yahoo.es

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