Criterios
Adquirir en formato PDF o consultar portada gratis
Adquirir en formato PDF o consultar portada gratis
LO ÚLTIMO:

ENRIQUE GONZÁLEZ

Escolástico

16/mar/08 19:38
Compartir
Edición impresa .

Está escrito que el tributo más doloroso que se paga a la vida es la pérdida de los contemporáneos. Cuando se muere un amigo se pierde un fragmento de nuestra vida. Con el amigo ido se va un tiempo y un espacio de nuestra existencia. El amigo ido se lleva parte de nuestra historia, se lleva el trayecto compartido. Los amigos que se van nos arrinconan en la soledad asfixiante, donde sólo nos queda el consuelo agridulce de los recuerdos. Cada despedida se lleva un jirón de nuestra alma. Nos abrumamos, nos llenamos de confusión y caemos en el silencio, en el silencio habitado por los momentos comunes. Los momentos en los que nació y se desarrolló la amistad. Queda el consuelo de que nada se pierde. Nadie muere del todo si perduran sus obras, si perdura lo suyo, lo personal. El mejor monumento es lo bien hecho en la vida.

Ha muerto Escolástico Aguiar Soto. Aunque siempre fue fuerte y resistente, se ha ido sin hacer bulla, de puntillas, con naturalidad, sin aspavientos, suavemente, en paz. Como una simple entrada en un camino conocido, sin oscuridades tenebrosas ni abismos misteriosos. Como por un sendero ya recorrido, al que él, como médico, forjado en el yunque del sufrimiento, muchas veces se había asomado. Traspasó la puerta sin que los goznes chirriaran, sin que la cerradura chasqueara. Ya, agotado, impotente ante la autoridad de la muerte, con un suave suspiro de entrega, devolvió la vida que fue prestada con otro suspiro. Sin malversar su vida, con el objetivo conseguido, dio por finalizada su andadura por la casa iluminada de la vida y se adentró en las afueras donde reina la oscuridad visible, sólo alumbrada por las bombillas de las creencias. Se despidió sin protestas y sin desgarros porque sabe que allí encontrará a muchos de los que caminaron confiadamente a su lado, como médico y como amigo. Escaló con paso firme a la cumbre donde todo se confunde y se iguala. Para los que quedan, a pesar del horror del desprendimiento, una palabra siempre flota, la única palabra cristiana, la palabra que sobrevive a la muerte, el amor. Dios hace el resto.

No nació en La Laguna, pero fue de La Laguna. Un lagunero de cuerpo y alma. Disfrutaba con el tiempo lluvioso, el frío húmedo y el viento cortante de La Laguna, en el invierno, y con la brisa ensalitrada de Bajamar, en el verano. Nació en Guía, Las Palmas; estudió Medicina en Valladolid, se especializó en Bilbao y se estableció como médico en La Laguna. Su mezcla de médico y de hombre generoso dio como resultado la mejor de las amalgamas: la firme vocación de ayudar a los demás. Fue, sobre todo, un hombre bueno. En esta frase se puede sintetizar su vida. Es posible que con ella sea suficiente. Pero una vida no se puede contar sin narrar los sentimientos, sin analizar su intimidad visible. Lo que sale de dentro, lo espontáneo, lo que no necesita adornos o interesadas ganancias. Nadie conoce a otro si no ha palpado sus sentimientos, si no ha sido conmovido por sus comportamientos. Nadie conoce a otro si no ha sido testigo de los momentos malos y buenos de su vida. Nadie conoce a otro si no conoce sus reacciones ante la prueba de lo difícil. Ha muerto Escolástico Aguiar Soto. Cuando alguien muere es fácil rodearlo de bondades. Hablar de lo bueno y firmes que fueron sus pasos en la vida, de su buen trato, del recuerdo que dejará para siempre, del vacío difícil de ocupar... Escolástico no necesita adornos necrológicos. Si no los quiso en la vida, menos los querrá en la muerte. Los que lo conocieron saben que su principal virtud fue, sin dudas, la humildad. Si algo lo caracterizó fue su simplicidad, una simplicidad digna de admiración y merecedora de santidad.

Todo lo hizo sencillo. Una vida sencilla y una profesión ejercida en la sencillez, sin falsos vericuetos. Si como persona no cayó nunca en las exageraciones, como médico no se dejó llevar por las exageraciones terapéuticas ni por los alarmismos diagnósticos. Utilizó la palabra envuelta en la calidez, el tacto y el contacto impregnados de la comprensión, y el gesto armado en la confianza, como los mejores remedios. Nunca utilizó las atrevidas y novedosas dosis de choque, ni se arriesgó con medicamentos de dudosa eficacia o de importantes efectos secundarios. En las situaciones más comprometidas buscó, con inagotable afán, como el mejor recurso, la tranquilidad. Esa tranquilidad que brotaba fácilmente de sus adentros, quizá, porque fue una de sus grandes virtudes. Era un hombre sin murallas. Lo mejor de su intimidad brotaba fácilmente, a borbotones, sin freno alguno, hacia los demás. Sabía que los apresuramientos no nos llevan sino al caos en la salud y en la enfermedad. Son pocas las personas que saben transmitir tranquilidad; en esto Escolástico fue un maestro.

En Medicina, como en muchas cosas de la vida, el control del tiempo es fundamental. A veces, es mejor esperar a la evolución natural de muchas enfermedades que precipitar una curación con medios dañinos. La mejor manera de ser útil en las terribles circunstancias de la enfermedad es hacer bien el trabajo. El enfermo no pide otra cosa; sólo desea que el médico afronte con seguridad y calma las obligaciones aplastantes de su profesión. Escolástico conocía y practicaba perfectamente todo esto. A lo largo de su carrera no se detuvo en la superficie corporal de las enfermedades, profundizó en el núcleo central del hombre doliente, el sentido más elevado y profundo del enfermar. Sabía que la enfermedad no sólo daña al cuerpo sino que, también, es una grave agresión contra el espíritu. Comprendió que la medicina tiene mucho de filosofía. Un médico sin filosofía sólo se distingue del veterinario por la clientela.

Escolástico, un hombre bueno y un gran médico, que supo darle sentido a su vida, no vivió en vano. Como dijo Emily Dickinson:

"Si logro impedir que/ un corazón se rompa,/ no habré vivido en vano./ Si logro aplacar un dolor,/ o aliviar una pena/ o ayudar a un pájaro agotado/ a regresar al nido,/ no habré vivido en vano".

¡Gracias!, Escolástico, por los tramos de la vida que recorrimos juntos.

 Última hora:

 Últimas galerías:

PUBLICIDAD

Cargando...

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Portada > Criterios

© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD

eldia.es Dirección web de la noticia: