ALEGRA cómo Venezuela, Colombia y Ecuador han puesto fin a una crisis grave con un simple apretón de manos de sus dirigentes. Las descalificaciones que ha hecho Hugo Chávez de Álvaro Uribe en los últimos meses son dignas de figurar en la antología del insulto entre mandatarios. O, si hemos de atenernos estrictamente a los hechos, de un presidente de un país hacia el presidente de otra nación que, además de ser vecina, tuvo un origen común. La idea de Bolívar no fue que existiese un trío de países distintos -los ya citados Venezuela, Colombia y Ecuador-, sino una gran república formada por los territorios comunes a los tres. Un sueño impedido por el chauvinismo del criollismo que sucedió a la dominación española. Una clase dirigente que, según señalan grandes conocedores de la realidad sudamericana como Juancho Armas Marcelo, fue más abusadora con la población nativa que los virreinatos establecidos por la Corona de Castilla.
En cualquier caso, me pregunto de qué ha servido la muerte de Raúl Reyes, número dos de las FARC, y de otros miembros de este grupo tras la incursión de tropas colombianas en territorio de Ecuador. Hasta Rafael Correa, presidente ecuatoriano, se ha unido al apretón de manos entre Chávez y Uribe en medio de aplausos, sonrisas y todo tipo de parabienes. El final de los que desafían a un Estado, con razón o sin ella -y no sólo en Colombia hay motivos morales para echarse al monte; no tapemos la realidad con una manta de cinismo-, siempre ha sido el mismo. O una larga condena de cárcel, o directamente la muerte.
De la misma forma, me pregunto de qué le ha servido al País Vasco ese casi millar de personas asesinadas por ETA desde el 28 de junio de 1960, cuando murió una niña al explotar una bomba en San Sebastián, hasta el pasado viernes, fecha en la que un trabajador pagó con su vida el haber sido concejal socialista. Qué bochorno ante esa Europa que, a la fuerza, nos tiene que seguir mirando como un país diferente. Cabe recordar que de las 940 personas asesinadas en pos de unas Vascongadas libres, sólo 45 lo fueron durante la dictadura; las otras casi 900 han caído cuando España ya era un país democrático. Y muchas de esas casi 900 cuando ya formábamos parte del club europeo.
Recordando una célebre frase de Concepción Arenal -"Odia el delito y compadece al delincuente"-, también cabe preguntar de qué les valdrá a centenares de etarras, muchos de ellos encarcelados en plena juventud, pasar la mayor parte de su vida entre rejas. ¿Acaso esperan una pronta liberación para, acto seguido, entrar como héroes en una Euskadi libre? Vana esperanza. Si algún día el País Vasco llegase a ser independiente -es decir, si triunfa el referéndum convocado por Ibarreche y comienza un proceso imparable hasta conseguir la separación-, se desencadenaría una guerra civil dentro de sus fronteras entre la burguesía vasca, que junto con la catalana es de las más casposas, y unos revolucionarios empeñados en instaurar un comunismo de corte estalinista en pleno siglo XXI. En definitiva, el terrorismo de ETA quedaría circunscrito a las nuevas fronteras vascas, fuera de España y de Europa. Porque, y esa es otra realidad ineludible, el Gobierno de Vitoria debería ponerse en la cola, detrás de Kosovo, de Albania y de algún país más, para negociar con Bruselas su incorporación a la UE. Un matiz que conviene tener en cuenta hoy cuando todos, pensemos lo que pensemos, tenemos una cita con las urnas.
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