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DESDE DENTRO RICARDO PEYTAVÍ

40 años del Hospital de la Candelaria

9/mar/08 19:34
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Muchas son las vivencias que surgen cuando recorro el pasillo principal de lo que fue la Residencia Sanitaria de la Seguridad Social Virgen de la Candelaria. En él me he detenido contemplando las fotos históricas que marcan la fundación y evolución de lo que hoy es el Hospital Universitario Nuestra Señora de la Candelaria. Atrás queda el Seguro Obligatorio de Enfermedad (SOE) y el Instituto Nacional de Previsión (INP) del régimen anterior a la democracia, la clínica Llabrés de la calle San Sebastián, el Hospital de Niños (hoy Centro de Salud), diversas clínicas privadas, el Hospital Civil (hoy Museo del Cabildo Insular) y el Hospital Militar (hoy Centro socio-sanitario en construcción), mientras continúa la clínica San Juan de Dios.

El 1 de abril de 1966 se abrieron las puertas de la Residencia con 12 hermanas de San Vicente Paúl, unas monjas que dedicaban las 24 horas del día a los enfermos, además de médicos, enfermeras, comadronas, auxiliares, celadores, personal administrativo y de mantenimiento y el capellán. Entonces cursaba yo Medicina en Cádiz, y como estaba interesado por la Patología Digestiva, en algunos días de las vacaciones acudía por el Servicio de Pedro de las Casas Alonso, para lo que tuve que pedirle permiso al director Pedro Díez Domínguez. Se trabajaba la mañana de los sábados, y a las 9 se celebraba una sesión clínica general, muy concurrida, por cierto, y muy concurrida después la animada cafetería del sótano, donde las alumnas internas de Enfermería daban una nota de alegría y color. Aquello más parecía una gran familia, en general bien avenida.

A finales de 1974, siendo director Eusebio Gambín, me incorporé a la Residencia como médico adjunto de Cirugía General y del Aparato Digestivo. El jefe del departamento de Cirugía era Enrique Rodríguez Solís; el del Servicio José María Cabezas de Herrera, y el de Sección Salvador Beltrán, por los que sentí mucha admiración y respeto, como no podía ser entonces de otra manera. Nuestro trabajo, con limitados recursos, se desarrollaba en la planta tercera, donde, nunca supe por qué, tenía un estrecho laboratorio el fotógrafo Francisco Melián, a quien frecuentaba mucho en busca de las fotos que hacía de mis intervenciones, contertuliano habitual, una persona muy ocurrente con quien siempre mantuve gran amistad, a pesar de que era difícil hablar con él, porque él lo hablaba todo. Era habitual y normal que médicos, enfermeras, auxiliares y celadores de la planta nos fuéramos a comer y a cenar, sobre todo los fines de semana, y los que aguantaban, pues seguían.

La Residencia tenía entonces equipos de fútbol, tanto masculino como femenino, y de pesca, con lo que las disputas con el pujante Hospital General y Clínico no eran solo profesionales, también deportivas. Como presencia física de guardias especializadas no existían, era normal que los médicos, en la mañana de los domingos, antes de ir al campo o a la playa, pasaran por la Residencia a visitar a los enfermos, sobre todo los más graves y operados. Igual que en las noches de guardia de Nochebuena, Fin de Año o Reyes, los familiares acudieran a acompañar a los médicos de guardia. Éstos eran escasos, con lo que los especialistas quirúrgicos se ayudaban unos a otros, siendo práctica habitual que los cirujanos generales operáramos con los ginecólogos una cesárea, con los traumatólogos una fractura, y viceversa, de tal manera que los conocimientos quirúrgicos superaban con mucho los límites de cada especialidad, una situación hoy inconcebible con las súper especialidades. Entrañable me resultó siempre el capellán Horacio Yanes, don Horacio, al que nunca olvidaré por el cariño que dispensó en la enfermedad y fallecimiento de mi madre en la Residencia, donde también, al cabo de muchos años, falleció mi padre, ambos muy creyentes.

Un acontecimiento inolvidable, del que hasta parece que el olor se me quedó grabado, fue el accidente de los Boeings de la Pan Am y la KLM en Los Rodeos al atardecer del 27 de marzo de 1977. Me encontraba con otro cirujano, José Vera, en el campus de la Universidad de La Laguna en un concierto de Los Sabandeños, cuando oímos una impresionante explosión, un accidente en Los Rodeos, dijeron. No existía teléfono móvil ni nada parecido, sólo el sentido común, con lo que nos fuimos al coche y muy rápido a la Residencia. Al identificarnos, una pareja de la Guardia Civil de Tráfico nos abrió paso a la autopista. Las Urgencias se atiborraban de quemados y los médicos de guardia no daban avío. Me incorporé al quirófano, y nunca he olvidado las intervenciones que realicé a tres norteamericanos, dos de rotura hepática y otra renal, además de curas a diversos quemados. Sobrevivieron y el día del alta los acompañé al aeropuerto de Los Rodeos hasta un avión ambulancia con literas a modo de camillas y la mayoría con sueros. Nunca más supe de ellos, pero sí que escaparon con vida.

En 1983 era yo director provincial del Insalud, y logramos convencer al ministro de Sanidad, Ernest Lluch, para que visitara la Residencia. Recomendé ir a Urgencias y caminar desde allí al Centro de Traumatología, propuesta que a algunos "acompañantes" no gustó. El ministro aceptó, pero ni le agradó las Urgencias ni el pateo desde la Residencia General a Trauma. Así que, entre otros objetivos, la visita al menos sirvió para construir la pasarela que todavía hoy une ambos edificios y programar un nuevo servicio de Urgencias.

Hoy tenemos un gran hospital, el mayor de Canarias, con 900 camas, que realiza el trasplante hepático, entre otras técnicas muy novedosas, forma a estudiantes de Medicina y Enfermería, a fisioterapeutas, matronas y médicos residentes, y dispone de una prestigiosa Unidad de Investigación. Queridos lectores, me siento muy orgulloso de pertenecer a él.

* Jefe de Sección y profesor de Cirugía

General y Digestiva del Hospital

de la Candelaria

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