Criterios
Adquirir en formato PDF o consultar portada gratis
Adquirir en formato PDF o consultar portada gratis
LO ÚLTIMO:

ENRIQUE GONZÁLEZ

Una conversación en el tranvía

9/mar/08 19:34
Compartir
Edición impresa .

El compromiso con uno mismo de escribir todas las semanas sobre algo distinto y, si puede ser sobre temas muy alejados los unos de los otros, hace que uno se pase varios días y algunas noches buscando afanosamente el asunto sobre el que desarrollar un texto. Un amigo, un gran periodista, intentando tranquilizarme, me asegura que no hay que preocuparse, que su veteranía le dice que Dios proveerá, que siempre surge la idea, como si fuera un regalo de los cielos. No hay que llevar el deseo a los límites de la opresión o la angustia. Igual ocurre en "Guerra y paz", de Tolstoi, cuando el mariscal Kutuzov consuela al príncipe Andrei con la célebre frase: "Todo llega cuando tiene que llegar para el que sabe esperar".

Los marcos que delimitan los tranquilos compartimentos de mis hábitos mentales se habían desvencijado por los recientes acontecimientos políticos. Era el día siguiente al debate entre Zapatero y Rajoy. Era muy difícil desplazar de la mente el debate y dejar a un lado las opiniones contradictorias. Con las conjuntivas enrojecidas por las horas gastadas delante de la pantalla del televisión, sin saber en qué andamios del entendimiento situaba tanta materia de controversia o tanta controversia sobre la misma materia. Buscando una liberación a través de la imaginación de las realidades pasadas y por venir, y aprovechando que debía asistir a una conferencia, determiné tomar el tranvía, que desde la avenida de La Trinidad me llevaría hasta la plaza de La Paz. No utilicé mi coche por eso de la contaminación. Por mí, que no sea. No es cuestión echar más humo. Lo menos que uno puede hacer es no contribuir al cambio climático.

Era una tarde muy fría y con ganas de llover. Algunas gotas sembraban la duda de abrir el paraguas. Mejor, mantenerlo cerrado. Nadie lo llevaba abierto. Uno no va a ser distinto. Endomingado como antes, con corbata, chaqueta y una gabardina Burberry. Acompasando el paraguas a modo de bastón con el paso de la pierna izquierda, caminando entre la neblina a ras de tierra, casi como un inglés en el Londres más oscuro, dirigí mis decididos pasos hacia la avenida de La Trinidad. Subí al tranvía por la última puerta. Apenas puse el bono en la maquinita al efecto, cuando el arranque inesperado del eléctrico aparato de transporte sobre raíles casi me deja sentado en el suelo. Hubiese sido ridículo ver a un hombre, vestido como un caballero de los de antes, depositado en el pasillo donde la blancura de su gabardina habría recogido algunas de las suciedades secas y viscosas, y el paraguas hubiese sido impulsado un buen trecho. Benditos barrotes amarillos que salvaron tal estropicio.

Y como a uno le gusta ir lo más adelante posible en cualquier medio de transporte, con la ayuda de los verticales barrotes, alcancé un asiento en la tercera fila, a la izquierda, mirando hacia delante, en el pasillo. El asiento de la ventana estaba ocupado por un hombre de muchos años que tenía la frente pegada al cristal. Creo que dormía o se hacía el dormido. No había posibilidad alguna de hablar, el viaje iba a transcurrir en silencio. Los asientos que estaban enfrente estaban vacíos. En los de la derecha sólo había un hombre que también miraba hacia afuera. Las posibilidades de diálogo estaban agotadas. Será cuestión de cerrar los ojos y así las martirizadas pupilas y las cansadas conjuntivas descansarán de la intensa noche política. Y he aquí, cuando ya todo parecía perdido, llegó lo que tiene que llegar para quien sabe esperar. Dios nunca defrauda.

En el siguiente intercambiador -hablando en términos tranviarios-, se produjo el milagro. Tres señoras, de sesenta años pasados, bien vestidas a la usanza actual, entraron por la puerta delantera. En dos de ellas los pantalones eran de lana mezclada, bien planchados, sin marcados ajustes anatómicos. La tercera llevaba un vaquero entre verde y azul, sin raya, sin atrevidas insinuaciones. Unos gruesos chaquetones y unas apretadas bufandas cumplían a la perfección el servicio invernal requerido. Las tres, como salidas de una peluquería, compartían un peinado de esos que borran los estragos de los años. Se sentaron, una en la misma fila que yo y las otras dos en la fila de enfrente. Unidas rótulas con rótulas comenzaron una interesante conversación. Sorprendido, aunque para poderlas ver necesitaba mirar en oblicuo, seguí con el máximo interés el hablar en las tres direcciones que marcaban los sitios ocupados.

Como estaba dispuesto a que la imaginación me librara de la realidad política que machaca mis sentidos, imaginé que eran tres señoras que regresaban a Santa Cruz después de darse un paseo por las humedades laguneras y hasta era posible que hubiesen compartido peluquería. Lo cual no era importante. Pero aquellas buenas mujeres, por lo que pude oír, eran mujeres cultas, creo que eran antiguas maestras de escuela. Y para sorpresa, agradable sorpresa, hablaron de sus estudios, de sus profesores, del pasado intelectual de cada una.

La del pantalón vaquero extrajo de su memoria a una profesora, a la que ellas llamaban la guaperas, que tenía el ego muy alto, más alto que la coronilla. Otra habló de una profesora que sabía poco, pero lo poco que sabía lo explicaba perfectamente. Aseguró que es mejor un profesor que sabe poco y se ajusta a sus conocimientos que aquellos que saben mucho y se diluyen en alturas que nadie entienden. Hablaron de dos profesoras hermanas, de las diferencias de sus métodos. Recordaron al encargado del comedor y las comidas que recibían. Así transcurrió aquella conversación entre tres señoras. Una de ellas abandonó el tranvía antes que las otras dos. Y cosa rarísima, casi rozando el milagro, las que se quedaron, en contra de lo habitual, no hablaron mal de la ausente.

Y así fui transportado por el tranvía hasta Santa Cruz, por la conversación hasta la imaginación, y por la imaginación hacia el tiempo pasado, donde tres jóvenes, sin duda guapas y de buen ver, estudiantes de Magisterio, se paseaban por las calles de La Laguna, con libros debajo del brazo y en el corazón el primer amor.

 Última hora:

 Últimas galerías:

PUBLICIDAD

Cargando...

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD
Portada > Criterios

© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD

eldia.es Dirección web de la noticia: