Disimular y no preocuparse de la ofensa y de la calumnia es más eficaz que molestarse o vengarse
(Anónimo)
No hay mayor mentira que la verdad mal entendida
( W. James)
Al parecer, los valores del humanismo han sido trastocados en todos los sentidos. El arte de la oratoria, elegido en la antigüedad como paradigma del buen hacer, hoy designa la labia y la abundancia de adjetivos, cuando no el discurso burlesco e incongruente. Nos rodeamos constantemente de malas formas, más propias de animales que de ciudadanos del siglo XXI y donde la ausencia de valores asume protagonismo.
Las calumnias y mentiras se apoderan de aquellos que han obrado mal y el nerviosismo hace que sus actos sean absurdos y banales. Precisamente a las calumnias y mentiras dedicaremos nuestro tiempo que también es el de ustedes.
Antaño, cuando alguien levantaba una acusación contra alguien y no demostraba la culpabilidad del acusado, era castigado. Hoy no; hoy, cuando se imputa a alguien cualquier cosa y se demuestra que la acusación era falsa, el que sale perjudicado siempre es el denunciado-inocente. Ello es debido a que se crea desconfianza en contra de la persona puesta en tela de juicio.
Hay países que cuentan básicamente con la presunción de inocencia, mientras no se demuestre lo contrario: se cuenta con la presunción de culpabilidad, mientras no se demuestre lo contrario.
El calumniador, ese ser deleznable, sigue la táctica tradicional: lanza la acusación, que puede ser tan sólo una insinuación vaga e inconcreta, y espera a que el injuriado se centre en demostrar que es falsa. Ese es el momento crucial, cuando se produce esta movilización ya está creada la calumnia.
En nuestro país hay libertad de prensa, por lo que cualquier persona puede expresar su opinión sin ninguna traba (afortunadamente y gracias a la democracia). El único problema es que es imposible controlar que a cualquiera se le pueda ocurrir vengarse de sus enemigos mintiendo sobre ellos, y esto es terrible.
Cuando el calumniado procede según la legislación vigente, entrando en la vía de los tribunales de justicia, entonces está perdido. No porque haga lo que no debe, no, sino porque la Justicia es lenta, demasiado lenta para que se puedan neutralizar los efectos de la acusación inmerecida cuando es necesario. El resultado de una denuncia tendría que ser fulminante para que la persona acusada fuera rehabilitada de inmediato y sin dudas. En esto se escudan los calumniadores, esas mentes marginadas, para actuar y salirse con la suya.
¡Ay del que se enfrente a un acusador profesional! Está condenado al sufrimiento personal y familiar, hasta que consigue demostrar medianamente que es inocente, y debe conformarse con lo que confirmen sus familiares y amigos, porque para el resto de la sociedad se convierte en carne de mentira.
No son pocas las muestras de lo importante que llega a ser el efecto de una acusación falsa; todos somos testigos de que de vez en cuando alguien se ceba con un enemigo utilizando la calumnia. Sólo cuando nos pilla cerca calibramos sus terribles efectos.
En nuestra sociedad se calumnia utilizando todos los medios disponibles, incluidos los medios de comunicación (aquí solo se consigue repercusión social, nunca razonada). Esto es esencial porque el efecto conseguido es el que proporciona el gran eco de los medios, de tal forma que es casi imposible conseguir hacer desaparecer la sombra de la duda sobre el acusado, aunque se utilicen los mismos medios de recomunicación social para rebatir la calumnia.
Así pues, sólo queda la repulsa moral al calumniador y hacer una realidad de su marginalidad, que es auténtica. Las personas de bien deben sentirse seguras frente a los mentirosos. Como señalábamos al principio, en épocas anteriores se castigaba al que acusaba sin razón, hoy sólo nos queda el rechazo de todo aquello que no sea la verdad.
Es evidente que en nuestra sociedad cualquier movimiento que hagamos tiene unos efectos difíciles de calibrar, por aquello del "efecto mariposa". Pero sí nos podemos aproximar a una suposición del alcance de nuestras acciones, y evitar dar pasos que hagan daño a los demás. Eso es tener buena voluntad.
Lanzar acusaciones para hacer daño a alguien de forma calculada a sabiendas de que son falsas de toda falsedad sólo significa una cosa: cuando uno está loco, está fuera de la realidad, y ése es terreno para la psiquiatría.
El que calumnia y miente se hace daño a sí mismo y ello conlleva la mediocridad de la persona, algo lamentable sobre todo si sucede en la vida pública (esto sí que es imperdonable).
La calumnia y el calumniador han de ser identificados para rechazarlos de manera contundente y definitiva. Es nuestra la responsabilidad no callar y poner a esta clase de personas donde les corresponde.
* Vicepresidente 2º del Cabildo
Insular de Tenerife y consejero del área de Sanidad y Relaciones con la Universidad
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