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MANUEL MEDINA ORTEGA *

La democracia en Europa y en los Estados Unidos

9/mar/08 19:34
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La coincidencia parcial de los procesos electorales en España y en los Estados Unidos ha permitido al elector español en las últimas semanas comparar los dos sistemas políticos y sacar conclusiones para posibles mejoras del nuestro.

En la primera mitad del siglo XIX, un gran pensador político francés, Alexis de Tocqueville, puso de manifiesto la naturaleza del sistema democrático norteamericano y sus diferencias con los sistemas políticos europeos, incluso cuando estos últimos pretendían seguir el modelo de la sociedad norteamericana.

El sistema norteamericano que observó Tocqueville era radicalmente democrático en el sentido de que todo el poder emanaba directamente de abajo, desde las raíces locales y comunales. Los norteamericanos no tenían necesidad de inventarse ninguna entidad abstracta, como la "voluntad general" de Rousseau. Se limitaban a reconocer las entidades naturales que habían creado los colonos establecidos en las tierras vírgenes, inspiradas en la autoayuda y en la colaboración voluntaria.

En contraste con la situación norteamericana, los europeos crecemos en el seno de estructuras políticas de orígenes muy antiguos, que son las verdaderas detentadoras del poder político. La democracia en Europa no se entiende como la formalización política de una realidad social sino como la participación de los ciudadanos en el poder establecido.

Una consecuencia de esta distinción es que las estructuras básicas en las que se apoya la democracia, los partidos políticos, son sustancialmente distintas en Europa y en América. Los partidos norteamericanos emanan de sus bases sociales, son creaciones espontáneas que hunden sus raíces en las comunidades locales y que luego se federan en diferentes niveles hasta llegar al ámbito nacional o "federal". En Europa, los partidos son estructuras organizadas según criterios jerárquicos, a la manera de unidades militares, con doctrina común y unidad de mando.

El carácter flexible de los partidos norteamericanos tiene consecuencias sobre el proceso electoral. En Europa, las elecciones suponen un enfrentamiento entre partidos dotados de carga ideológica y programática, ocupando un lugar secundario el candidato individual. En Estados Unidos se trata siempre de enfrentamientos entre candidatos individuales, que aspiran a un puesto en un ayuntamiento, en un condado, en una legislatura estatal o en el Congreso federal, pero también en un juzgado, en una fiscalía, en una jefatura de policía o en una contraloría de cuentas públicas. Los candidatos norteamericanos se presentan con una "etiqueta" de partidos, sobre la base de una "plataforma electoral" de carácter muy genérica y muy diferente del programa electoral de los partidos europeos. A consecuencia de estas diferencias, el candidato norteamericano asume personalmente su campaña electoral, recabando donativos e incluso pidiendo créditos a título individual. De este modo, cada candidato electo se convierte en deudor de los que le apoyaron en la campaña, a los que debe recompensar durante su mandato con el ejercicio de su influencia política a favor de ellos. En Europa, el candidato elegido en una lista de su partido no asume ningún compromiso personal y el ejercicio de su influencia política a favor de personas de sectores determinados está castigado penalmente.

Las diferencias son tan marcadas que resulta peligroso trasladar las experiencias de un sistema a otro. Así, el sistema de primarias, esencial en un sistema de partidos no estructurados, como el norteamericano, choca con las estructuras jerarquizadas de los partidos europeos, por lo que su imitación en Europa no ha sido siempre satisfactoria. El intento de hacer campañas electorales de "estilo norteamericano" choca con la idiosincrasia europea y coloca a los partidos europeos en situación de bancarrota casi permanente al no disponerse de los "benefactores" que ayuden a los candidatos como en los Estados Unidos.

Auque puede que en Europa no nos gusten algunos de los resultados electorales norteamericanos, no podemos negar el carácter básicamente democrático de sus procesos electorales. Cuando en Europa tratamos de imitarlos, sin embargo, se producen disfuncionalidades que no ayudan a mejorar nuestra democracia. La diferencia entre las dos concepciones de la democracia es demasiado amplia como para pretender salvarla con fórmulas simplistas. Deberíamos evitar las imitaciones basadas en una simple observación superficial de la política norteamericana.

* Diputado al Parlamento Europeo, PSOE

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