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JOSÉ Mª SEGOVIA CABRERA

El huevo de madera

9/mar/08 19:34
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Ignoro cuántos de ustedes tienen la costumbre o la ocasión y la posibilidad de leer el madrileño diario económico Expansión, que realmente no es diario, ya que deja de publicarse los domingos, como si respetase aquella norma de tipo laboral implantada durante la llamada "dictadura del general Franco", a la que ha dejado chiquita la real del comandante Castro, recién terminada, norma que obligaba a los periódicos a dejar de publicarse los lunes para descanso semanal de sus empleados y trabajadores, espacio informativo que se cubría con la aparición de las llamadas Hojas del Lunes, de las que el amigo Francisco Ayala tendría seguramente mucho que contarnos a los que de los periódicos sólo sabemos comprarlos y, algunas veces, hasta leerlos. Los que sí tienen, por el contrario, la costumbre de leer Expansión de manera habitual han tenido la oportunidad de comprobar, y los que no de enterarse por estas líneas, que los miércoles y en la sección llamada Interiores, normalmente, aunque no siempre tras la de "Empresas" y previa a la enjundiosa de "Finanzas & Mercados", aparece con continuidad raras veces alterada, una espléndida crónica que ocupa toda el alto de la plana que, en este caso y por la amplitud de la que ocupa la que estamos comentando, pasa a tener 5 columnas en lugar de las seis habituales. Se trata de una simpática, amena y también instructiva crónica que firma la escritora y colaboradora del Financial Times Lucy Kellaway, casada ella y con cuatro hijos, alguno de cuyos trabajos me he permitido comentarle a ella misma a través del correo electrónico, crónicas llenas de sorpresas siempre agradables, sucesos, comentarios e incidencias que ocurren entre el personal de las empresas y a las que ella les da un tono divulgador e instructivo que nos recuerda también las que la periodista y escritora Pilar Cambra publica asimismo semanalmente en el suplemento Expansión y Empleo del mencionado diario madrileño, crónicas acompañadas por un ingenioso dibujo alusivo al tema del artículo, todas ellas amparadas bajo el titular de "El tópico de la semana", y que para la del 1 de marzo llevaba el título de "La famosa química".

Lucy Kellaway no es sólo columnista (en 2006 recibió el British Press Award a la mejor columnista del año), sino que ha publicado, que yo sepa, al menos dos libros, el primero titulado "Sense and Nonsense in the Office", Pearson Education Limited, 2000, título cuya obvia traducción les ahorro, de letra amplia y generosa que se agradece y con un índice del que diría que es al menos ingenioso, y un segundo libro de tan sugestivo título como "who moved my Blackberry", Penguin Books, 2005, del que existe la versión española "¿Quién se ha llevado mi Blackberry?", Salamandra, 2006, que facilita notablemente su lectura, ya que el original tiene un lenguaje muy coloquial y lleno de giros y expresiones del mundo de las oficinas, que hace especialmente complicada su lectura para los que de ese idioma sólo sabemos decir "good morning", "how are you?" y cuatro cosas más y usamos como leones el diccionario. Estos dos libros en versión inglesa que poseo se me enriquecen con sendas dedicatorias de la autora que conseguí gracias a los buenos oficios de un sobrino-nieto, Ángel, que aburrido de ejercer en Londres su profesión de "urban architect", se nos fue un buen día de manera voluntaria y desinteresada a ejercer su oficio con una ONG nada menos que a Kabul, Afganistán, donde las fuerzas españolas allí destacadas han sufrido dolorosos incidentes, que no "accidentes", y actualmente hace lo mismo en un campo de refugiados palestinos en el Líbano. ¡Bendita juventud nuestra! En el primero me dice L.K. que el libro es ya algo viejo (solo 5 años, aclaro) y en el segundo, que espera me ría leyéndolo; lo que la versión española ha conseguido ampliamente.

Se preguntarán Vds. a qué viene tan amplio prólogo, y es que en su columna del pasado 6 de febrero titulada "Una experiencia enternecedora" nos habla de lo que ella llama sus "dos últimas experiencias comerciales", en aspectos tan diversos como la reparación de unos botines de ante muy caros y la compra de un abrillantador de labios (lo que, al parecer, llaman "glass"), mercancía de la que nada sé ni sabré. La primera experiencia que califica de conmovedora y que según nos cuenta ha relatado ya a multitud de amigos, es tan simple como el hecho de llevar sus botines de marca y hechos a medida al zapatero de la esquina de su calle, un hombre mayor, con delantal sucio y el local lleno de zapatos reparados o para reparar y de gente chillona que iba a que le hicieran copia de unas llaves (que es la segunda habilidad del local); el carácter delicado de aquella operación en una pieza de calidad hizo que la operación se prolongase unos días, la visita hubo de repetirse varias veces, con lo que nació una cierta corriente de amistad y respeto entre dos profesionales, uno de ellos en una especialidad artesanal que aún subsiste en este complicado mundo tecnológico y de marketing (entre nosotros no ha cuajado lo de "mercadeo" que, por el contrario, han adoptado los países hispanoamericanos, quizás como reacción a un anglicismo intenso y agobiante) y el otro, el de una hábil y muy documentada comentarista en el seguramente primer periódico financiero del mundo. La consecuencia final fue que el trabajo resultó perfecto, la escritora y periodista recuperó una pieza de alta calidad a un precio ridículo al lado del que tuvo que pagar en su día por los botines de marca, y al agradecerle al hombre su trabajo, éste rehuyó, tímidamente, toda alabanza, pero ordenó al muchacho que lo ayudaba que no le cobrase el betún que había de comprar para lustrar aquel ante excelente.

La otra experiencia fue puramente mercantil, comercial. La tienda donde compraba su carísimo maquillaje era espléndida, moderna y reluciente, pero fría y estática. La atendieron con gran profesionalidad, probó en su mano varios tonos y calidades y al realizar el pago le dieron como regalo otras cremas diversas. Todo perfecto, rápido y acertado. Pero ella salió del todo indiferente de aquel gran establecimiento elegante, aséptico, profesional. ¡Qué diferencia con el humilde zapatero!, enamorado de su trabajo, que hasta le dijo "querida señora", como en tiempos de su madre. Y recuerda Lucy Kellaway que en su juventud se reparaba casi todo, nada se tiraba, y su madre repasaba la ropa y zurcía los calcetines utilizando el famoso huevo de madera que todos hemos conocido, pero también de mármol o similar e incluso, al final, de .plástico. En la ropa es donde seguramente ha habido los mayores cambios. En las familias con muchos hijos como la mía propia, las ropas, al igual que los libros del colegio, pasaban de los mayores a los pequeños. La ropa se lavaba fuera de casa y venía la lavandera todas las semanas a por ella y la traía luego lavada y aireada y expuesta al sol, que le daba esos tonos brillantes que ahora se pretende y hasta se consigue con la adición de potingues a la lavadora. Hasta en mi Santa Cruz hay un barrio que se llama Los Lavaderos, reflejo fiel de un antiguo oficio.. Y luego venía el repaso cuidadoso de la ropa, la reposición de botones y el zurcir de calcetines y de cuanto desgarrón aparecía en la ropa, lo que hacía mi madre o la costurera que iba periódicamente por casa, donde se hacía prácticamente todo: camisas, pantalones, trajes. Aún me parece ver a mi madre, sentada en los escalones superiores de la escalera de casa que llevaba al primer piso, mientras ajustaba la altura de los trajes que hacía a mis hermanas que aguantaban nerviosamente de pie y con el traje nuevo puesto, girando en uno u otro sentido mientras mi madre terminaba de colocar los alfileres para una altura adecuada, y ellas desesperadas por salir a jugar a la calle. Nada se tiraba, y si se le partía una pata a una silla, el "maestro Francisco" de turno la reponía en un par de días, lo mismo que con cualquier cosa de madera, que se rehacía con facilidad, o metálica, que se soldaba, se lijaba, se pintaba... y había pieza para otros veinte años. En nuestros días, casi lo único que se reparan son los zapatos, y la inmensa mayoría de las cosas averiadas o rotas se desechan, se reponen comprando otras y a seguir viviendo.

Dice nuestra comentada columnista que hoy en día es difícil encontrar calor humano en las relaciones comerciales, y que cuando se encuentra se nos alegra el corazón todo el día; relatando la autora la diferencia entre el regalo del zapatero y el de la dependienta de los grandes y exquisitos almacenes, concluye con estas frases con las que finaliza también este comentario: "No hay nada de especial en recibir unas muestras de regalo, sino en alguien que hace su trabajo con profesionalidad y, a veces, te regala una sonrisa natural junto a un frasquito de betún". Admirable Lucy Kellaway, mi amiga de internet.

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