CON MOTIVO de mi columna de la semana anterior, "La dignificación del profesorado", he recibido unos cuantos e-mails de varias profesoras y profesores, tanto de primaria como de secundaria. Los que me conocen me abordaron en la calle. La mayoría coincide conmigo en lo que allí escribía; otros no tanto -les parecía que me había quedado corto-, pero me di cuenta de que todos ellos estaban muy preocupados por su trabajo -la docencia-, con ganas de trabajar, de mejorar la calidad de la enseñanza y la convivencia en los centros docentes que permita un buen ambiente académico, propicio para la mejor formación del alumno y del trabajo de los profesores. Todos eran profesoras y profesores jóvenes, pero, paradójicamente, prudentes y responsables.
Por lo general, hay conflictividad en Canarias, en nuestras aulas, si bien no hemos llegado a una situación tan crítica como en otros lugares y que, con frecuencia, vemos en las imágenes de la televisión, salvo algún caso muy aislado. No podemos desentendernos y dejar de tener en cuenta la conflictividad en el aula o en el colegio; hay que tomar las medidas disuasorias oportunas y cortar a tiempo esas situaciones. Un amplio sector de la sociedad vive sometido a un elevado índice de agresividad y a los centros de enseñanza que forman parte de la sociedad acuden todo tipo de alumnos, sin ningún tipo de discriminación, con lo que se ha conseguido, gracias a Dios, casi una total escolarización. Pero hay que ser realista: hay alumnos buenos, muy buenos y otros que no lo son tanto, casi siempre por motivos extraescolares; unos porque se aburren en el colegio y no hay forma de motivarlos; otros porque están viviendo verdaderas tragedias familiares -que desgraciadamente son bastantes- ; éstos vuelcan toda la agresividad que llevan dentro sobre sus profesores -que saben que siempre les tratarán con comprensión- o sobre sus compañeros más débiles -casos de acoso escolar-. Después están los perezosos, los desobedientes o el tipo "retorcido" por naturaleza, que no hace caso a nadie -a las personas hay que asignarles el adjetivo que les corresponde- y que ha existido siempre, seguirá existiendo y, que ahora, campea a sus anchas. Por mucho que algunos se empeñen en lo contrario, con eufemismos típicos o tópicos, "niño/a problema", "niño/a caracterial", "niño/a disruptivo/a"; la mayoría son recuperables, pero requieren una educación especial. Porque, a mi modo de ver, lo de la "integración" es un camelo; y, a veces, una falta de justicia, porque hay niños que son muy crueles.
El tema de la inmigración es otro de los problemas que afecta a la escuela; según me cuentan, hay aulas en el sur de Tenerife con veinte niños que pertenecen a siete u ocho culturas o nacionalidades distintas y que apenas hablan español. Pienso que ni "superman" es capaz de dar clase en un aula así.
Ante este panorama, que comienza a ser alarmante, se crea malestar en los centros de enseñanza: al profesor no le dejan dar clase y eso deprime, frustra y deteriora a muchos docentes. Basta ver las bajas por enfermedad en las últimas décadas: depresión, irritación de colon, nódulos en la garganta, afonía, hernias discales o desprendimiento de retina; por nombrar a las más frecuentes que conozco.
Se me ocurren, entre otras, algunas ideas para paliar este malestar académico o escolar, y con el tiempo, mejorar la convivencia en los centros docentes y elevar el rendimiento escolar, sin que los profesores y alumnos queden "rendidos". Armonizar (no me gusta el verbo equilibrar) los deberes y derechos de los alumnos, reforzar la autoridad del profesor en las aulas, sancionar las conductas inadecuadas, acompañar siempre las medidas correctoras con medidas reeducativas y simplificar los expedientes disciplinarios. Puesto que la normativa actual apenas ha servido para nada, hay que recuperar la disciplina como valor democrático y educativo, que no es sinónimo de autoritarismo. En las sociedades autoritarias, y no democráticas, no hay disciplina, hay despotismo. Me refiero a una disciplina razonable, proporcionada, exigente y comprensiva. Para ello, hay que volver a reforzar y respaldar la autoridad educativa y personal del profesor, para que éste pueda resolver muchos conflictos del aula sin mayor trascendencia, pero que hay que cortar. Mayor autoridad a los jefes de estudios y a los directores, introduciendo medidas disciplinarias cautelares que puedan imponer de manera inmediata -sin necesidad de abrir un expediente disciplinario- lo que, con toda seguridad, frenarían al indisciplinado e impedirían que se produjeran otras conductas más graves. Y, por supuesto, sacarle de encima el peso de toda burocracia o "papeleo", que no se han demostrado eficaces.
Las faltas o los comportamientos muy graves o reincidentes no pueden quedar en "agua de borrajas". Hay que acabar con esa sensación de impunidad que algunos alumnos/as tienen. Estas conductas complejas requieren medidas disciplinares muy serias y eficaces. Por ejemplo, si un alumno prende fuego a un aula, no esperar para imponer la sanción a que queme el colegio.
Para estas medidas se tiene que contar con el apoyo de la administración educativa y de los padres. Cada centro debe tener un reglamento escolar, sencillo, claro, concreto y completo. Y la inspección técnica implicarse en algo más que "ver si hay papeleras en el patio, si se ha consignado correctamente en el Plan de Centro las excursiones a realizar durante el curso o si a algún alumno se le ha negado el aprobado". En toda Europa se está volviendo de nuevo a una enseñanza seria, sobria, comprometida, donde se exige al alumno, se le educa y se le ayuda en su proceso de aprendizaje. También puede ser reto para nosotros, y pienso que esforzarse por conseguirlo vale la pena.
* Orientador familiar
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