1.- El otro día mantuve una larga conversación con Olga Ruiz Rumeu, viuda de Paco Ucelay. Paco fue uno de los políticos canarios de la Transición, un liberal en toda la extensión de la palabra; y un hombre, en los nuevos tiempos, equiparable a Leoncio Oramas, otra de las mentes preclaras de la política canaria. Los echamos de menos cuando se han ido, igual que a Rafael Clavijo, otro tinerfeño cabal que lo fue todo en política y mereció el reconocimiento de los tinerfeños. Cuando dirijo la vista atrás y contemplo la labor de tantos buenos hombres públicos no hago sino lamentar que haya pasado el tiempo. Paco Ucelay fue presidente de la Junta de Canarias y quien inició el difícil camino con Europa. Presidió la Cámara de Comercio de Santa Cruz de Tenerife y no pudo llegar a CajaCanarias porque la gente se dio cuenta de que un político no debe acceder jamás a la principal entidad de crédito. Eso es para los técnicos.
2.- Pero Paco fue un hombre de extraordinaria valía. Aunque algunos de sus miembros lo duden, lamento mucho lo que ha ocurrido después con la familia Ucelay, tanto en lo personal como en lo empresarial. No voy a insistir en dolorosas cuestiones, que deberán dirimir los interesados y los tribunales. Sólo decirles que piensen en la figura de quien con su trabajo y con su entrega hizo tanto por Canarias, a veces de forma tan incomprendida (y hasta yo tengo que entonar un canto de culpabilidad llegados a este punto).
3.- La conversación con Olga fue muy reveladora. Casi siempre hablamos de Paco, una persona extraordinaria, que supo conciliar el sentido del humor con su tarea como empresario y su labor como político. No hemos estudiado como se merece la Transición en Canarias. En ocasiones leo los artículos de uno de los pocos que escriben sobre este periodo apasionante, el arquitecto Juan Julio Fernández, que vivió aquellos tiempos desde la política. Casi nadie se prodiga en el análisis de la época y de sus personajes. Rafael Clavijo contaba siempre cómo Leoncio Oramas y él fueron una vez El Pardo, en la agonía de Franco , y aquella desorganización les llevó hasta el mismo lecho en el que agonizaba el dictador. Nada de esto ha quedado escrito tampoco. Una pena, porque en ocasiones la anécdota escribe también la historia.
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