LOS DEBATES políticos han alcanzado en esta campaña electoral que, afortunadamente, ya se está acabando, audiencias millonarias en televisión. Supongo que por la novedad. Y porque el sistema ha logrado algo que no estaba previsto cuando se instauró la democracia y que no creo sea bueno para el país: el imperio del bipartidismo. El bipartidismo se terminará, si es que se termina alguna vez, no sólo cuando gentes con imaginación planteen a los ciudadanos propuestas distintas, sino cuando los medios concedan a esas propuestas la cancha que ahora brindan únicamente a los líderes de las dos grandes fuerzas políticas de la nación. No voy a decir que sea la pescadilla que se muerde la cola, pero sí que es el doble pedrusco -o tenique, si alegamos en isleño- con el que se tropieza y no escarmienta nuestro modelo. Entre ese biprotagonismo alentado por los gigantes mediáticos, el miedo a la abstención -que no es mala herramienta cuando se utiliza conscientemente- y la ley D´Hont, a las opciones menores, a los partidos pequeños, a las iniciativas novedosas se les cierran en las narices las puertas del Congreso y las posibilidades de hacerse con algún escaño.
Se puede estar de acuerdo o en desacuerdo con su ideario y con sus formas y con lo a veces pueril de sus mensaje, pero Gaspar Llamazares tiene más razón que un santo ("comparancia" que al dirigente de Izquierda Unida no le hará ninguna gracia) cuando protesta ante el Constitucional por la institucionalización, o así, de esos enfrentamientos a dos bandas. El billar se juega a tres o cuatro y es un espectáculo muy bonito, creativo, vistoso y elegante, oigan.
Pero, lo peor es que, desde un punto de vista político y periodístico, los diálogos de sordos de Zapatero y de Rajoy no son verdaderos debates, sino debates-pamplinas, en los que los periodistas no pintan nada y en los que en encorsetamiento de lo acordado y pautado entre los segundos de cada partido impiden que el espectador quede satisfecho de los planteamientos y propuestas (si es que las hay) de los intervinientes. Cuando más candente se encuentra el pimpampún de ideas sobre un determinado tema (seguridad, economía, inmigración?) el cronómetro detiene el combate dialéctico con su estricto minutero y, si los políticos se quedan frustrados al no haber podido explicar cabalmente lo que pretendían decir, imagínense cómo se quedarán los votantes ante ese debate interruptus. Fatal, como con casi todo lo interruptus, por otra parte.
Sin posibilidad de agilidad, de naturalidad, de profundización en los problemas y sin la intervención de periodistas que impidan a los contendientes irse por las ramas o que les permitan explayarse sobre cuestiones concretas al margen del reloj y en atención al apasionamiento, los debates-pamplinas han causado furor. ¿Cómo habrían sido acogidos, qué éxito habrían cosechado, de haber sido unos auténticos debates?
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