LO ÚNICO que parece claro ante la inminente consulta electoral es que todo el mundo está de acuerdo, incluidos los políticos, en que, por fin, se va a terminar con esta situación desagradable (es una expresión menos dura) que es, ni más ni menos, en lo que han convertido los dos grandes partidos políticos la legislatura que acaba, tiempo más que suficiente para que sepamos los votantes de qué se trata cuando se habla de propuestas y promesas. Gracias a las urnas, y esperemos que efectivamente sea sólo gracias a las urnas, el próximo domingo, 9 de marzo, se despejará cualquier duda y las aguas volverán a su cauce para poder conseguir una inexcusable normalización de la vida política y, a la vez, al necesario olvido de ese clima de crispación que, puesto por los políticos, hemos vivido los ciudadanos enrarecido aún más en las últimas semanas con mensajes, mítines y debates, de los cuales ha surgido una opinión generalizada que se resume con la popular frase "esto no hay quien lo arregle". Pero, consulta tras consulta, surgen las agotadoras campañas electorales (últimamente se han impuesto las "pre") que son, ni más ni menos, días, meses de confusión donde se recuerdan y se inventan pasados, presentes y futuros opacos para desdibujar el muro de las auténticas malevolencias.
Hay por las calles, hoy mismo, euforias desmedidas que pueden terminar en el peor de los desencantos o desilusiones que ya se adivinan o expectativas que dejan de ser posibilidades y transformarse en realidades. Son, en definitiva, las opciones que, ante la mirada dudosa del ciudadano, aparecen como la solución a todo lo que no se ha hecho (la inercia de la inepcia continuará, seguro), aplicando la inyección que, celosamente, han guardado las organizaciones y que ahora surge desde el fondo de una chistera cualquiera para el bien del común. Son los juegos lícitos de una democracia que, a su vez, vigila que los jugadores no caigan en excesivas tentaciones que enturbien el deseable y sano panorama político. Muchos de los que repiten hace tiempo que han elegido el camino del enriquecimiento personal. Los más listos utilizan a los mediocres a cambio de silencios que esconden tramas inconfesables y caras. Otros, sin embargo (muy pocos), se esfuerzan seriamente en trabajar por el país y terminarán sin que nadie les reconozca sus aciertos. Muy al contrario, la política es tan puñetera que aquella persona valiosa que se aparta de la línea oficial termina defenestrada.
A pesar de los cariñosos dardos envenenados que estos días se han lanzado los distintos candidatos, no se ha escuchado un mensaje nítido y contundente sobre los grandes problemas que afectan a España y sí numerosas señales destinadas a complacer a los militantes. Parados y emigrantes son únicamente cifras que se tiran a la cabeza de las formaciones. Unos afirman que la educación y la sanidad marchan mejor que nunca y otros que nunca han estado peor que ahora. Algunos imbéciles son tan imbéciles que se alegran de que el barril de petróleo haya superado los cien dólares para poder justificar el problema de la economía. Y el terrorismo, estigma impuesto por un esquizofrénico y asumido por unos asesinos, ilegalizado en distintos foros, sigue siendo utilizado partidariamente. Los jóvenes de hoy, que no han vivido sino en tiempos democráticos, desconocen lo que es carecer de libertad... porque han nacido con ella, aunque han tenido que presenciar algunos indeseables ejemplos protagonizados por reaccionarios. Los que somos de la época de The Beatles no debemos olvidar que ni siquiera podíamos elegir. En España, a pesar de casos que vienen haciendo mucha bulla (léase estatutos), hoy podemos hablar... hasta de España. Elijamos, pues, por unos o por otros; votemos en blanco o abstengámonos. Las tres opciones son legítimas.
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