"EL CAMPO en que se falta más a la responsabilidad es, sin duda, la política. Se da por supuesto que en este dominio la mentira es lícita o, lo que es peor, inevitable. Casi siempre se manifiesta en reproches, insultos, descalificaciones personales y globales -como las que se dicen en todas las campañas electorales-, que se atribuyen al partidismo, es decir, a otra forma de irresponsabilidad política". ¿Cómo se puede mantener la responsabilidad política o perderla? Comenzando por saber promover y mantener un diálogo sincero, evitando descalificaciones que rayen en la grosería, como las cometidas en la campaña electoral que estamos terminando.
En los primeros comicios de nuestro régimen democrático, en una provincia peninsular, se le ocurrió a un periodista contabilizar el presupuesto económico que iban suponiendo las promesas repetitivas de los líderes políticos en las elecciones generales celebradas. El coste de cada una de las promesas resultaba cada vez más considerable. "Está bien que nuestros políticos hagan promesas, todas las que quieran -reflexionaba este periodista-, pero que las hagan a cuenta de las reservas de los miembros de los respectivos partidos. Nos parecía, entonces y ahora, un tanto radical este criterio. Al fin, sin muchas y grandes promesas -y previamente pagadas-, los partidos democráticos no podrían sobrevivir. Y esto hay que evitarlo, porque, hoy por hoy, la democracia -con todas sus limitaciones interesadas que los mismos partidos políticos fomentan y permiten- es la vía más aceptable en los países civilizados. Lo que no tiene nada de civilización en un Estado democrático es que haya que pagar las descalificaciones políticas -meditadamente agresivas en la violencia- como las que se están propinando en esta campaña electoral, en todos los niveles y con el aplauso de sus seguidores. Emplear estas cantidades económicas, parte de los impuestos ciudadanos, es manifiestamente injusto en personas que se presentan para continuar en el ejercicio del poder o para sustituirlo en un Estado democrático. ¿Desde cuándo son democracia las descalificaciones demagógicas que como entonces, ahora es lo que más se resalta por parte de algunos políticos en toda la precampaña y campaña electoral y que cuesten tan caras? Nuestros políticos ¿no tienen otros valores dialogantes con qué sustituirlas a la hora de pedir el voto? ¡Basta ya, por favor!
Buscar la verdad entre los políticos y electores para un gobierno mejor que el presente es y debe ser la finalidad fundamental de todas las elecciones democráticas. Y esta meta sólo se puede alcanzar por el camino del diálogo respetuoso y totalmente responsable en sus determinaciones. Y saber dialogar, así y con este fin, significa comprometerse con rectitud en lo que se quiere alcanzar. Para vivir esta madurez democrática hace falta mantener un diálogo con estos fines:
-Unidad dentro del pluralismo. Hay que salvar la verdad -la unidad- aceptando las interpretaciones de otros que también desean manifestar su verdad, que es igual que reconocer lo bueno del otro, y, al mismo tiempo, admitir con prontitud y sinceridad los propios errores.
-Insistir más en lo que une que en lo que separa. No pararse en verdades parciales, ambiguas, confusas, sino pasar siempre a encontrar la verdad en lo posible, partiendo de los criterios en los que se está de acuerdo, es decir, buscar la unidad en lo fundamental, respetar la libertad ajena en lo dudoso, y tratar de comprender siempre a todos.
-No provocar coacciones. Ante el valor de la verdad, hay que mantener el diálogo sin presionar y mucho menos chantajear. La verdad no es para esclavizar a quien habla ni a quien escucha. El diálogo es incompatible con el autoritarismo. Siempre se facilita y se mantiene con la comprensión.
-Atención al bien común. Acercarse al diálogo, con plena sinceridad, como el mejor instrumento para buscar soluciones a los problemas más comunes y reales de la sociedad, que garantice el bien común que entrañan. Es entonces cuando nuestros políticos ejercerán la autoridad con los criterios de la Constitución indicados en la doctrina social de la Iglesia católica, y con los derechos en las declaraciones de las Naciones Unidas.
Sin esta madurez democrática dialogante en nuestros políticos y cuanto mayor sea el puesto del poder que hayan ejercido o estén ejerciendo, mayor será el lamentable fracaso (indicado al comienzo de este artículo) del insulto y la tensión, tan subidos de tono en la precampaña y en la campaña electoral que estamos terminando. Y esto, como las promesas no cumplidas, no es de recibo, en el sentido de nuestro citado periodista, que tenga que cotizarse con los impuestos de los ciudadanos.
* Capellán de la clínica San Juan de Dios
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