LA SUERTE MÍA de haber sido cocinero durante cuarenta años, y haberlos vivido muy intensamente, me dan pie para poder opinar de casi todo lo relacionado con la alimentación y la gastronomía.
Y digo opinar, pues nunca diré censurar, criticar o sentar cátedra de una actividad tan compleja y que reúne o separa gustos tan dispares, distintos y heterogéneos.
Me estoy refiriendo a los gustos que hay en cocina, y que tal diversidad confunde, equivoca. Se duda o se acierta: todo se hace en función de los gustos o exigencias de cada uno.
En mi opinión, insisto que siempre a título personal, me da la impresión de que cuando a buena parte de la sociedad actual que visita los restaurantes, mesones y establecimientos de comida y bebida se proponen elaboraciones que se salen de la rutina, enseguida surge la alabanza.
En general, si sirven ese plato al comensal al margen del socorrido filete, la tortilla o el guiso, bien de carne bien de pescado, y que tenga denominación muy rimbombante, con literatura rebuscada y ramplona... y si encima se sirve en una vajilla de grandes dimensiones, en proporción al tamaño de lo puramente comestible,... entonces surgen los calificativos que están de moda: genial, alucinante, increíble, espectacular. Incluso, que está "guay".
Creo y afirmo una vez más que debemos ser más exigentes, más coherentes, rigurosos y estrictos con lo que nos sirven, cómo no los sirven y lo que pagamos al final por todo ello.
Nos conformamos con la mediocridad, a veces más de lo que parece; nos resignamos, nos callamos y damos valor y enaltecemos lo que no tiene calidad ni mérito, cayendo en lo gris, lo opaco y lo mediocre.
A veces por exceso de prudencia y discreción, pero en otras muchas ocasiones está claro que por conformismo y escaso nivel de exigencia, que es el que deberíamos esgrimir.
Ignoro en otras actividades y servicios que nos prestan y pagamos, aunque me temo que ocurre lo mismo, como el comercio, la sanidad, las entidades bancarias,...
Pero, en lo que concierne a la alimentación y a la faceta gastronómica, en muchísimas ocasiones no está relacionado el producto que nos dan con lo que desembolsamos.
Si lo admitimos todo, surge el conformismo y la mediocridad.
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