G. MAESTRE, S/C de Tenerife
Muchos no lo creerán, pero cuando están a punto de cumplirse los 22 años del accidente nuclear más grave registrado hasta ahora, aún siguen viniendo a Tenerife, año tras año, niños bielorrusos afectados por la proximidad de la radioactividad.
Islas Canarias con Chernobil es la asociación que viene haciendo posibles estos viajes con los que los niños mejoran no sólo su salud sino también su autoestima, su afectividad y sus relaciones personales.
"Hay que tener en cuenta que ellos viven en zonas que se vieron afectadas de lleno por la radioactividad y, aunque su salud está muy controlada, lo cierto es que venir aquí para ellos es muy positivo. Sólo las vitaminas que asimilan por el contacto del sol ya les ayudan a mejorar sus defensas, porque allí están más de seis meses prácticamente a oscuras", señala Leonor, una de las vocales de la asociación y madre en acogida de una niña de 14 años que viene a Tenerife dos veces al año desde hace 7.
"Es un esfuerzo muy duro el que tenemos que hacer porque sólo un pasaje de avión nos cuesta alrededor de 700 euros, y por cada 20 niños también hay que traer a un monitor con todos los gastos pagados durante tres meses -señala la vocal-; sin embargo, lo seguiremos haciendo mientras podamos porque para nosotros son como nuestros hijos. Los sentimos así".
Y es cada niño viene al menos los meses de junio, julio y agosto, y, para quienes puedan hacer el gasto, también en navidades.
"Al principio, cuando el accidente nuclear era reciente todo el mundo nos ayudaba porque la tragedia estaba muy presente, pero ahora estamos prácticamente solos. El año pasado sólo contamos con una subvención de la Dirección General del Menor y así nos es muy duro continuar", señala la vocal de Islas Canarias con Chernobil, que añade que "subsistimos gracias a nuestras propias aportaciones, ya que hay algunos socios que colaboran económicamente con los gastos que supone traer a los niños, que son muy altos".
Y es que no estamos hablando de una cifra pequeña; son alrededor de 85 niños bielorrusos los que llegan a Tenerife a comienzos del verano. "Ellos están deseando llegar, no sólo por el clima y porque para ellos es como unas vacaciones que de ninguna otra manera tendrían, sino porque la vida aquí es muy diferente de la que ellos conocen. Allí la situación es muy difícil, la esperanza de vida no llega ni a los 60 años y tienen carencias de todo tipo. Además, la sociedad es muy conservadora y aquí se sienten más libres. Realmente, disfrutan más de su infancia que en ningún otro sitio".
Prácticamente sin ayuda
Respecto al estado de salud de estos pequeños, Leonor recuerda que "están sometidos constantemente a controles médicos porque la radiación estará presente en las tierras durante al menos 50 años. Sin embargo, si nosotros vemos la posibilidad de hacerles una revisión, la hacemos. Lo que queremos es que mejoren su calidad de vida en todo lo que se pueda y no reparamos en gastos ni en buscar colaboraciones en cualquier sitio".
Y es que sólo con buenas intenciones no se consigue mantener este gesto tan solidario, y ahí radica el problema, Islas Canarias con Chernobil lucha prácticamente sola por mantener este multitudinario proyecto y teme que llegue el día en que la falta de recursos no les permita continuar mejorando la vida de estos pequeños supervivientes.
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