VENTURA GONZÁLEZ, S/C Tfe.
El objetivo no varía, siempre es ganar, pero hay diferencias en las formas. Aparentemente, el Tenerife sacó adelante el partido frente al Alavés con más estrecheces que como lo hizo ante el Granada 74, (el último de casa), y sin embargo ayer jugó más, tuvo una frecuencia de llegadas muy alta hasta el minuto 60 y disfrutó de media docena de ocasiones, algunas de ellas tan claras que es difícil aceptar que no entrara la pelota. ¿Cuál es la diferencia? La apuesta del entrenador, que por fin descompuso el trivote defensivo y equilibró el equipo con la presencia de Julio Hormiga en el medio campo. Sí, porque aunque el concepto de equilibrio está asociado a la teoría de ser más defensivo, la evidencia de ayer nos confirma en la idea de que de poco sirve recuperar la pelota una y otra vez si luego no hay un cerebro que la sepa jugar. Eso es tener equilibrio para atacar.
La primera parte del Tenerife mereció un notable. Es verdad que no fue un prodigio de precisión en los pases, excepto cuando el balón cayó en los pies de Hormiga, pero hay que valorar que el equipo se juntó bien, cerró los espacios entre líneas y apretó mucho para recuperar una y otra vez la pelota, porque en realidad el que empezó disfrutando de la posesión fue un Alavés que tiene tan buenas maneras como poca chispa. Es un equipo que toca bien, pero no hace daño y sufre una fragilidad defensiva alarmante, en especial por el centro. Los dos centrales vieron pasar a Nino como un avión a los 6', cuando el delantero tiró al poste. Fue el primer aviso de lo que luego marcaría la pauta constante del juego. O sea, el Alavés tocando y el Tenerife sorprendiendo a la contra. La diferencia se abrió más cuando a los 10' Hormiga puso una falta en el área, la remató Juanma y el rechace del portero lo aprovechó Marc Bertrán para hacer el 1-0.
Desde entonces hasta el descanso, el carrusel de ocasiones locales fue constante: pudo marcar Óscar en el 14', lo volvió a rozar Nino en el 29' y finalmente Hormiga, con una obra de arte, en el 33'. Enfrente, un Alavés inocuo, sin una sola llegada, respetando la clara intención por combinar, aunque carente de un ritmo alto y de desborde. La pelea dura entre Aganzo y Sicilia la ganó de largo el defensa y así Juan Pablo vivió una primera parte muy cómoda. El portero blanquiazul tiene razones para estar tranquilo cuando sus compañeros juegan a ese nivel de intensidad y con esa disciplina.
El Tenerife se fue al descanso con la sensación de que el rival era fruta madura y confirmó esa sospecha cuando en la primera jugada del segundo tiempo, una muy buena combinación de toque la remató Óscar en el área pequeña y Bernardo salvó un gol que estaba cantado. Tal vez por verlo tan claro, quizás por el efecto del cansancio, el equipo fue bajando su intensidad en la segunda línea y el Alavés encontró más facilidad para seleccionar sus pases y acercarse al área. Los locales pasaron apuros mediado este periodo y alguno de sus jugadores pusieron de su parte, como Martínez en su empeño de conducir la pelota hasta perderla y provocar desajustes en la zona de iniciación.
Oltra metió a Ricardo por Hormiga, un cambio bien hecho pero muy protestado por el público. Julio estaba cansado y el equipo necesitaba frescura, pero la gente aprovechó el momento para mandarle un mensaje a su entrenador: hace falta un jugador como Hormiga en el equipo. El chico hizo cosas técnicamente de alta escuela, no perdió un balón y se animó a tirar varias veces a puerta.
El tramo final del encuentro fue de una tensión innecesaria, porque aunque los vitorianos no inquietaron, en cualquier acción podían empatar, aunque menos después de la expulsión de Aganzo, que pierde mucha energía protestando.
En fin, que el Tenerife mantiene su firmeza en casa y sigue enganchado al grupo de aspirantes. No obstante, donde más ganó ayer fue en su apuesta por Hormiga.
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