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Cartas al Director

2/mar/08 19:23
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La Casa de la Cultura y la lectura

Por la Casa de la Cultura de Santa Cruz de Tenerife se está preparando la apertura de un club dedicado exclusivamente a fomentar principalmente la lectura de la poesía. O sea va a ser un club de poesía, especialmente destinado a aquellas personas amantes de la poesía, sin que necesariamente seamos poetas, sólo que nos guste su lectura, tener compañeros con quien compartir y recibir conocimientos, en fin todo lo relacionado con la misma, incluso entra dentro de las ideas invitar periódicamente a conocidos poetas para que nos instruyan y nos den charlas. Todo ello se hará de acuerdo con la opinión de los componentes del club. Está pensado que su inauguración sea el día 25 de marzo a las 18 horas, teniendo ya bastantes interesados que se han apuntado. La poesía es algo que se lee y se escribe con el alma... con los sentimientos. Hay que saber interpretar lo que se quiere decir y no lo que se dice literalmente. En estos momentos estoy leyendo algo de un muchacho, y digo muchacho ya que mi edad me lo permite; se trata de Félix Francisco Casanova, fallecido cuando aún no tenía veinte años de edad, hijo de nuestro admirado Félix Casanova de Ayala, por lo que de casta le viene al galgo. Este muchacho, en el año 1976 (poco antes de su dolorosa muerte), editó un poemario juntamente con su padre, y en la parte que le correspondía a él dijo tal vez de forma premonitoria, "ojalá sean estos poemas para la reencarnación". A pesar de su corta edad, dejó un recuerdo imborrable dentro del género.

Yo creo, después de leer parte de su obra, que ha sido un enviado de los dioses para cumplir un trabajo... un mandato: dejarnos unos maravillosos poemas, y una vez hecho esto, fue reclamado a su lado envidiosos de lo bello de su lira. Este será uno de los poetas que nos acompañe en el club en etéreo, ya, que a él y otros de grato recuerdo serán estudiados y leídos entre todos en este club de poesías.

José Manuel Santaella Suárez

Mujeres asesinadas

Tras el penoso suceso de este martes, de cuatro mujeres asesinadas por sus parejas, se vuelve a poner se de relieve tan salvaje situación y en lugar de tratarse con carácter de emergencia nacional, pasa a formar parte del anecdotario de las páginas de sucesos.

Tal situación, siendo cientos de veces más grave que la violencia del terrorismo de ETA, apenas se le dedica algunos comentarios en los medios de comunicación, y en lugar de profundizar en los bajos instintos que mueven a algunos hombres a matar a sus mujeres, los organismos políticos le restan importancia. Para miles de mujeres, quizá millones, el miedo, la sumisión, las palizas y el desamparo ante la ley son su forma de vida, que el Estado, con la venda en los ojos que le caracteriza, irónicamente pretende venderles como Estado de Derecho. Según dicen los especialistas, una de cada cuatro mujeres sufren maltrato, tanto físico como psíquico, durante su relación de pareja, que se puede prolongar durante años o toda la vida.

Pero claro, hemos de mirar las cosas con rigor, sin apasionamientos: que no es lo mismo que cada año mueran cientos de mujeres y miles sufran malos tratos que si los amenazados, maltratados y muertos fuesen los propios jueces, ministros, futbolistas, ídolos de la canción o familia real.

Las causas de esta violencia son diversas. La educación en la igualdad de sexos no sirve si la religión sienta cátedra sobre la desigualdad, al instituir el matrimonio, y hacer de ello una unidad indivisible: "lo que ha unido Dios no lo separe el hombre". La exaltación del enamoramiento y la ilusión de un futuro en común han producido las desgracias más horrorosas. Prometer "amor eterno", sentenciar "hasta que la muerte os separe", la llegada del príncipe azul, la dama rescatada del villano, "y fueron felices y comieron perdices", el cine, las canciones y la literatura han adoctrinado muy bien sobre la visión idílica de la pareja, pero no de las bajas pasiones y la violenta realidad que han de vivir millones de mujeres, que al establecer una relación con el hombre pasan a formar parte de sus posesiones. Una declaración de amor o una boda son en muchos casos la sentencia de muerte o los malos tratos, ya que al formar pareja cada uno pierde su independencia, y consciente o inconscientemente entra el sentimiento de pertenencia, de propiedad. Si esa propiedad colma las expectativas, será un matrimonio "feliz", si no, se pueden separar, pasar una vida aguantándose, de malos tratos o acabar en asesinato.

Antonio Cánaves Martín

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