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ENRIQUE GONZÁLEZ

El hombre apolítico

2/mar/08 19:23
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UN HOMBRE APOLÍTICO ni es un tonto ni es un loco. En los momentos de mayor efervescencia política, como los actuales, parece extraño, y casi rozando lo patológico, que un personaje se declare apolítico. Es casi imposible, rozando el milagro, que cualquier hijo de vecino se desentienda de la política y se recueste en sus cosas, en su vida, en sus pensamientos y en su salud, la salud del cuerpo y de la mente. Principalmente, la salud de la mente, bien escaso en estos tiempos. Ser apolítico es un derecho igual que el ser político. La misma libertad que permite ser político también permite ser apolítico.

Si la libertad se detiene en la muralla sagrada del respeto, un apolítico merece el mismo respeto que aquellos que sólo piensan en la política o que sólo viven de la política. Nadie puede obligar a que un hombre o una mujer se niegue a ser arrastrado a la vorágine de la política. Ni que se resista a soportar las luchas entre los partidos y dentro de los mismos partidos por conseguir un puesto con alto sueldo. No todas las meninges soportan la carga cerebral de tanta materia conflictiva, de tantos egoísmos, de tantas promesas no cumplidas, de tantos engaños. Ni nadie puede impedir que, ante tantos desengaños políticos, el apolítico se refugie en la sátira o en la burla. La risa es propia del hombre.

Antes, en los tiempos remotos de las grandes diferencias de clases, la política tenía un sentido distinto. Entonces, había una gran división entre ricos y pobres, entre los legalmente privilegiados y los no favorecidos. Entonces, los conservadores luchaban para no perder lo que tenían y los liberales para quitarles lo que poseían. Ahora, no hay nada que quitar. Ahora, por lo que se lee, se oye o se ve, todo es política de dar. Y dar de la misma fuente de extracción, que no es otra que el dinero público. Nadie discute y ningún partido pone fuera de su programa la igualdad de derechos, el bienestar social, la asistencia sanitaria o las pensiones; al contrario, los apoyan, los quieren mejorar. Lo social se ha convertido en el mejor y más atractivo campo de subasta de ofrecimientos. Y lo es porque ya no hay política de terratenientes contra política de peones. Ahora, sólo hay una lucha por el poder, por el enchufismo de los del partido. Cuando llegan arriba, ya sea con la ayuda del brazo derecho o del izquierdo, todos viven como ricos, en puro delirio posesivo. Ahora, se lucha por ser rico, por ganar influencia, para inyectarse una buena dosis de vanidad y una buena ración de soberbia. Y los más modestos, los que hacen el trabajo sucio, los destinados a puestos secundarios y de poco relieve, simplemente para ganarse la vida. Y muchas veces lo consiguen con sólo alistarse a un determinado partido, aún siendo incapaces de ganarse el sustento por otros medios, los medios que utilizan cualquier personaje de a pie.

Thomas Mann, sin duda uno de los novelistas más interesantes de todos los tiempos, escribió un ensayo que tituló "Reflexiones de un hombre apolítico". No he podido hacerme con el ensayo, pero tengo algunas referencias. La vida del autor de "La Montaña Mágica", "Los Buddenbrook" y "Muerte en Venecia", entre otras, es un ejemplo de la evolución de un hombre por los avatares de la política. Una personal batalla furiosamente producida por el enfrentamiento entre las ideas, el hombre de acción frente al hombre del pensamiento, reflejada en "La Montaña Mágica", espejo de la disputa que mantuvo con su hermano Heinrich. La vida y la muerte no importan, lo que importa es cómo se vive y cómo se muere. En su novela "Los Buddenbrook" pone de manifiesto, como lo hace Lampedusa en "gatopardo", el declive de las familias poderosas y el cambio social. Cambio que ha evolucionado hasta nuestros días. Mann terminó huyendo de Alemania. Se refugió en sus pensamientos.

Las naciones dominadas por estados totalitarios, al final, han dejado a los millonarios más millonarios de todos los tiempos y los pobres más pobres de todos los tiempos. En la realidad española, de momento, es que las grandes diferencias sociales han desparecido. Hijos de pobres alcanzan elevados puestos. Hijos de ricos se quedan en bajos niveles de vida. Los partidos de los extremos se han diluido en el caldo tibio del centro. Se disputan el centro, donde lo único importante es una limpia administración.

El apolítico crece y se nutre de la fuente del remoto pasado. Atesora silenciosamente el pasado, sin exageraciones ni dramatismos, y recuerda que los mejores políticos, los más brillantes hombres de la República fracasaron, porque el pueblo español no estaba educado para convivir en paz, porque se le indigestó la libertad. Ciryl Connolly, un intelectual inglés que estuvo en España durante la Guerra Civil escribió: "De hecho sería difícil encontrar un ambiente más cargado de envidias, intrigas, rumores y líos que el que existe ahora mismo en las capitales de la España republicana? Cuando más tenue se hace el recuerdo del 19 de julio y más estridentes las acusaciones mutuas y los reproches entre los partidos". Si el inglés resucitara encontraría las mismas acusaciones y los mismos reproches.

George Orwell se alistó en el ejército republicano, recibió una importante herida y tuvo que huir. Una de las fracciones políticas quiso matarlo. Desengañado del totalitarismo, escribió "Rebelión en la granja" y "1984". Sin ser un héroe, sin recibir una herida en la laringe, sin sufrir persecuciones, son muchos los desengañados los que prefieren mantenerse al margen de las intrigas, de las acusaciones y de las envidias entre y en los partidos políticos. Son muchos los que huyen de la droga peligrosa de la realidad política, muchos a los que les repugna el olor de manada manipulada, ese olor que hace que la gente no piense.

Un inteligente y culto abogado, que fue perseguido y encarcelado durante la Guerra Civil, le aconsejó a un hombre de letras y de la medicina, tentado por la política, lo siguiente: "Manténgase puro. No se meta en esos líos".

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