EL CATECISMO progre establece como premisa indiscutible que nada ni nadie puede ser distinto a algo o a alguien. Todo debe estar uniformemente plano. Hasta el encefalograma. Para el ideario progre son incorrectos los hombres viriles porque se salen del molde. La laminadora puesta en marcha por el señor del talante y sus acólitos -el talante nunca ha sido inocuo- se afana en allanarlos con los rodillos del descrédito. A los hombres que quieren ser hombres, el talante los marca con el sambenito candente del machismo; la antesala del maltrato a las mujeres. Para la peña sociata, un hombre que sólo pretenda ser hombre adquiere el rango de criminal en potencia. Sobra decir que un hombre de verdad no le pega a una mujer, ni se cuelga de sus faldas cuando lo rechaza, ni la apuñala si se va con otro haciendo uso de su libre e inalienable albedrío. La violencia drástica no es patrimonio de la virilidad; es el marchamo de los machangos y acomplejados.
No corren mejor suerte las mujeres de verdad; las mujeres que optan por desarrollar una actividad laboral o profesional sin renunciar a su esencia femenina. La maquinaria progre no las lamina a ellas con el estigma de maltratadoras -eso sería absurdo-, sino con el no menos eficaz calificativo de casquivanas. La maquinaria de los sociatas -que no socialistas; los socialistas, en general, son personas serias- las relega a la categoría de coquetas inútiles. Seres superficiales sin otro fin que ponerse guapas para contentar al varón que las somete.
Establecida la imposibilidad de que existan, y coexistan, hombres que sean fundamentalmente hombres y mujeres decididas a ser esencialmente mujeres, ¿qué opción nos queda? Pues, sencillamente, la persona. El debate no es nuevo. No lo inventó el iluminado de la Moncloa ni el lumbrera de Pepiño Blanco; ni siquiera lo instituyó ese gran intelectual que nos ametralla con su elocuencia mientras se atosiga a sí mismo, de apellidos López Aguilar, que brinca de Madrid a Canarias y de Canarias a Madrid en busca de alguien que lo quiera políticamente. Ninguno de ellos ha concebido jamás algo diferente a las penosas paridas de siempre. No descubren nada pero copian mucho. Empezando por el Terminator, claro, aunque ese sea ya un tema pretérito. La imposibilidad de que hombres y mujeres puedan conducirse como lo que son es un debate que estuvo de moda entre los anglosajones hace algunas décadas. Ingleses y gringos tuvieron, sin embargo, la suerte de que el idioma les echara una mano. Así, como alternativa al chairman -presidente o director de una institución de cualquier tipo- y su equivalente femenino de chairwoman, optaron por el chairperson y pleito arreglado. Al menos en lo referente a los cargos de máxima responsabilidad en entidades mercantiles y otras corporaciones.
Habida cuenta de que no es lo mismo un directivo que una directiva, resulta que el español no nos ayuda en este sentido. Pero eso no es un obstáculo insalvable. Basta con sustituir los términos padre y madre por el innovador concepto de progenitor A y B en el libro de familia. Otra de las genialidades engendradas por el Terminator cuando era ministro de Justicia.
Todo este asunto -grotesco asunto, conviene precisar- quedaría circunscrito al número de los payasos en el gran circo bufo que es la España de hoy. Pero no es sólo una cuestión semántica, sino una alineación generalizada, lo que está en juego. Ni hombres ni mujeres; sólo personas dúctiles y maleables. Ese es el gran objetivo para antes y después del 9 de marzo.
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