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CARLOS ACOSTA GARCÍA

De profesión, mis ignorancias (núm. 228)

1/mar/08 19:22
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LO DE MI AMIGO Alfonso no parece tener remedio; me llama por teléfono, me va acorralando con su conversación y, cuando estoy frente a la pared, dispara su arcabuz de manera inmisericorde. Arcabuz lingüístico, se entiende. Algunas de sus preguntas puedo contestarlas sin demasiadas dificultades; pero, otras veces, me las veo y me las deseo para salir a flote de sus ahogaduras gramaticales. Resulta, además, que no me habla de cosas o casos recientes, sino del tiempo de la guerra carlista. O napoleónica, que tanto da.

Me llamó días pasados para decirme que había releído, no sé con qué motivos, la entrevista que me hizo Claudio Andrada en este mismo periódico hace algunos meses. Cuando se me ocurrió aclararle que tal entrevista se había desarrollado a través del teléfono, Alfonso se puso como quien se sube por las paredes.

-¡Eso no puede ser! Es imposible. Una entrevista se tiene que hacer cara a cara.

-¿Qué estas diciendo, hombre?

-¡Pero si lo aclara la misma palabra! Entrevista. O sea, verse entre dos.

Me quedé de piedra. Seguimos hablando un poco más y, cuando colgué, me fui corriendo al diccionario. Y el dichoso diccionario va y me dice de la palabra entrevista nada menos que esto: "Vista, concurrencia y conferencia de dos o más personas en lugar determinado para tratar o resolver un negocio". No hace falta ser muy lince para darse cuenta de que mi amigo Alfonso sabía por donde andaba cuando dijo lo que dijo. Así que me desmoralicé. Incluso creo que me puse colorado porque me sentí como un fuego en la cara.

Pero seguí leyendo. Y, en lugar del nombre sustantivo entrevista , me fui al verbo entrevistar . Y allí leí lo siguiente: "Mantener una conversación con una o varias personas acerca de ciertos extremos para informar al público de sus respuestas". Y un poco más adelante se afirma: "Tener una conversación con una o varias personas para un fin determinado". De donde se deduce, me parece a mí, que una entrevista se puede hacer por teléfono, por alfabeto morse, con columnas de humo y hasta con esas banderas que usan los marinos para ponerse en contacto un barco con otro. Y de esto último supongo que sabría mucho mi amigo Alfonso, que ha sido, yo no sé cuántos años, capitán de la marina mercante. Aunque, a lo peor, ese código de señales con banderas no tiene nada que ver con el trabajo que mi amigo desarrollaba a bordo.

Esta vez creo que le he ganado. Otras, él me ha infligido derrotas harto elocuentes. En el supuesto, claro está, de que puedan ser elocuentes las derrotas, que no sé.

Pero no es Alfonso sólo quien me hace preguntas raras. Tengo amigos en la tertulia que me llevan papelitos escritos -ya lo he dicho otras veces- con palabras raras, sólo con la aviesa intención de verme apurado. ¿Y quieren que les diga una cosa?: hasta mi sobrino Lolo se ha apuntado al equipo y trata de apabullarme con sus preguntas lingüísticas:

-Dime una cosa, tío: ¿Qué es embarcarse?

-Meterse en un barco para ir a cualquier sitio.

-Entonces, meterse en un tren es entrenarse...

-No digas tonterías, Lolo, que ya estás muy crecidito para que se te ocurran semejantes sandeces.

-Dime, entonces, qué palabra debo emplear.

-No sé, Lolo. No se me ocurre ahora lo que debo decirte. Pero podemos hacer lo de siempre: consultar el diccionario.

Dicho y hecho. Y el diccionario afirma, de la voz embarcarse, lo siguiente: "Introducir personas, mercancías, etc. en una embarcación, tren o avión".

-¿Lo ves, Lolo, lo ves?

-¿Y eso lo dice la Academia?

-Sí, señor; lo dice la Academia.

-¿Y tú no crees que esos señores que se sientan en cómodos sillones y que deben de tener unos sueldos enormes deberían buscar otras palabras para diferenciar a las personas que viajan en avión, en barco o en tren?

-Por favor, Lolo, no hagas comentarios sobre cosas que no dominas. Eres aún muy joven.

-¡Ay, tío! No hay quién te entienda. Para unas cosas soy demasiado joven y antes dijiste lo contrario.

¿Qué hago, señores, qué hago?

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