HUBO una época en Santa Cruz, una época desde luego pintoresca, en que a lo peor un médico no podía salvarte la vida en una enfermedad extrema, pero podía hacerlo un cambullonero. Fue en los años en que ya comenzó a hablarse de Fleming y de su famosa droga. Yo conocí a un amigo, que todavía vive, que un día vino a hablar conmigo -yo entonces hacía en el periódico la información del puerto- a ver si conseguía la intervención de un conocido cambullonero en favor de un caso grave de enfermedad. "¿Intervención, pregunté, de un cambullonero en un caso de grave enfermedad?".
-Sí, me dijo, es que los médicos me han dicho que mi caso sólo se puede resolver con unos tubos de penicilina, ese producto maravilloso que ha sido puesto al mercado hace poco tiempo y sólo lo traen por aquí los barcos que pasan por la Isla.
Hice la oportuna gestión y el hombre sigue todavía sano y salvo, como digo.
Por eso, yo nunca me muestro reacio a admitir cualquier hecho por disparatado que se pueda suponer. Porque muchas veces los disparatados no son los hechos, sino las circunstancias.
Andando el tiempo y a medida que la ciencia médica fue conociendo los antibióticos, la cosa se generalizó, aunque por nuestra situación política, el tema no fue tan fácil como pudiera suponerse. Recuerdo con simpatía aquella anécdota y lo único que deseo es que mi amigo siga gozando de su salud de hierro.
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