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LA BUENA UVA JOSÉ H. CHELA

Paellas electorales

27/feb/08 19:17
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EL PP INVITÓ a una paella electoral el otro día en San Andrés. Nada que objetar. La paella es un elemento muy socorrido para atraer al personal a los mítines de campaña desde que la democracia es democracia. Y a uno lo que le extraña es que la población potencialmente electora sea capaz de comerse cualquier arroz que le pongan por mucho fiestón y jolgorio que se organice alrededor. A la gente le encanta, al parecer, todo lo que sale gratis. Si somos un poco serios, uno de los productos que requieren una cierta sapiencia a la hora de elaborarlo como Dios manda es el arroz. Pero también es aquel con el que se empeñan en demostrar sus habilidades culinarias los más atrevidos. Que a veces son los más ineptos.

Un arroz para una docena de personas puede suscitar ya en el entendido muchos recelos. Un arroz para una multitud, difícilmente resulta mínimamente aceptable. Por lo general, no quiero herir a nadie, porque tampoco sé quién fue el encargado de hacer la paella para los militantes y simpatizantes del PP en el barrio marinero por excelencia de Santa Cruz. Un barrio marinero en el que he vivido (y muy feliz, por cierto) durante unos años y que mucho ha tenido que cambiar en los últimos tiempos si la convocatoria popular reunió a una cantidad importante de vecinos. San Andrés fue, tradicionalmente y desde los primeros comicios democráticos tras la desaparición -o así- del franquismo, un feudo decididamente comunista. Era San Andrés el sitio elegido por las izquierdas para llevar a almorzar, tras los actos electorales o fuese cual fuese el motivo de su visita a la isla, primero a Santiago Carrillo y, luego, a Julio Anguita. A Llamazares le perdí la pista y no sé si alguna vez comió cabrillas en El Túnel o si se mandó con los camaradas unos chocos compuestos en El Petón. Pero les aseguro que, hasta hace bien poco, San Andrés era mayoritariamente de izquierdas. Y, si bien es cierto que hay quien vende sus principios -y hasta su primogenitura- por un plato de lentejas, no creo yo que todo un pueblo marinero cambie, en una década, por así decirlo, la hoz y el martillo por la azulada gaviota sólo por una ración de arroz amarillo de dudosa soltura servido en vajilla de cartón de usar y tirar. Sería una tremenda decepción.

Pero, en fin, ya les digo. La paella se erige como oferta electoral gastronómica -es un decir- por encima de una garbanzada identitaria, que no sé si alguien ha organizado, pero a tiempo está todavía, y sobre todo por esa alternativa culinaria magnífica, festiva y aromática, capaz de esparcir y elevar por los más amplios ámbitos el mensaje (al menos el mensaje alimenticio y apetitoso) de quien de verdad quiera invitar a los votantes a compartir comunalmente las esencias de lo nuestro: una cita en torno a una carne de fiesta bien hecha y abundantemente regada con tinto del país de alguna bodega de confianza. Porque, si no, tampoco.

A ver, oigan. Porque a esa convocatoria sí iría yo, que conste.

josechela@mojopi.com

 

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