A LOS POLÍTICOS no les agrada (se vuelven irascibles) que les informen sobre lo que sucede en la calle. Si es en tono bajo, peor. Al oído los saca de quicio. Suele ocurrirles, igualmente, a aquellos que tienen complejos de grandeza. Y la serenidad no es precisamente el estado que bulle en el Parlamento de Canarias cada vez que el Diputado del Común se acerca por la calle Teobaldo Power a exponer sus quejas recogidas en todas las islas a lo largo de un año. Si este alto comisionado tuviese en sus manos la posibilidad de dictar sentencias o imponer sanciones a raíz de los graves asuntos que llegan a su despacho, es más que probable que muchos de los problemas que hoy aquejan a la población canaria ya estuvieran resueltos o en vías adecuadas. Pero, los políticos, que lo son porque, entre otras cosas, hacen las leyes previendo un futuro inmediato que les puede afectar negativamente (de ahí lo de los blindajes y otras maniobras), no tuvieron a bien otorgar a este, en teoría, defensor del ciudadano todas las herramientas para que, después de investigar, pudiese denunciar y actuar efectivamente. Han dejado a la figura sin poder real, aunque todos podamos acudir a él confidencial y gratuitamente. Manuel Alcaide, su actual titular, habló a mediados del pasado mes de enero sobre un viejo problema que arrastra nuestra Comunidad desde hace décadas y que ninguno de los gobiernos ha sabido ya no resolver, sino abordar. La exclusión social y la pobreza, recogidas en un exhaustivo informe, aumentan de manera alarmante entre nosotros. Es indignante que, conociendo los datos del Diputado del Común y de otra organización seria como Cáritas, desde el Gobierno de Canarias, más concretamente desde la Consejería de Bienestar Social, se afirme que la culpa es del Estado que no aporta los dineros necesarios. No se puede seguir avanzando (retrocediendo) por este camino de echar, vergonzosamente, balones fuera. En Canarias, según el nuevo Ejecutivo de Paulino Rivero, no hay grandes índices de pobreza. Es probable que para estos administradores de la cosa pública, quinientos mil pobres no constituyan una cifra importante de conciudadanos que lo pasan inimaginablemente mal y se atrevan a decir, además, que estamos a nivel europeo y a nivel de la media del Estado. Está claro que la realidad de las cosas se difumina en el seno de despachos ocupados, casi siempre, por algunos que van por allí a pasar el rato, cobrar y reírle las gracias al compañero de partido.
Habrá que recordar a nuestros pacientes lectores que los que nos gobiernan en la actualidad lo vienen haciendo desde hace veinte años y que en tan largo período de tiempo han sido incapaces de resolver los importantes y conocidos problemas que padecen las Islas. La educación, la sanidad y la pobreza siguen ahí clamando al viento. Manifestarse con rabia parece ser la única medicina disponible respecto de tanta dejadez ante la total ausencia de políticas que ayuden a quien necesita de ellas. Ahí están las recientes protestas colectivas que reivindican lo que toda la ciudadanía considera como medidas justas para los trabajadores y para el común. Gobernar no significa organizar circuitos culturales para cuatro pelagatos y dedicar millones de euros a edificios y obras públicas de dudosos niveles de entendimiento. Mientras en el Gobierno, los cabildos y ayuntamientos circulan los dineros por pasillos preestablecidos, Manuel Alcaide denuncia que en estas instituciones no existen programas de intervención integral. Sólo en dieciséis ayuntamientos se prestan servicios continuados.
Pero hay más datos que harían sonrojar a quien todavía le queda algo de coherencia (es una expresión menos dura) en su interior. En aquellos ayuntamientos donde sí funcionan razonablemente los servicios sociales, éstos están excesivamente sobrecargados de trabajo. Es decir, no hay personal suficiente para atender como Dios manda una actividad de estas características. Pero, no se sabe cómo, del fondo de cualquier gaveta surge una fuerte cantidad de dinero destinada a escoltas de políticos que no tienen razón de ser en una Comunidad como la nuestra, o a cuchipandas organizadas por ellos mismos para mitigar el formidable esfuerzo diario que dedican a los vecinos menos favorecidos. Es lo que hay y el nuevo presidente del Gobierno canario sigue rodeado por el silencio de El Sauzal y por muchos y muchas arribistas que le trastornan sus actitudes. Es hora de iniciar acciones si se quiere cumplir con lo que se promete. Una legislatura se va en un santiamén.
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