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DESDE DENTRO RICARDO PEYTAVÍ

Odio visceral

27/feb/08 19:17
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DURANTE algunos años, los de la transición, los españoles se tomaron la política en serio. Bueno, muy en serio no; pero al menos de otra manera. Se trata, empero, de una época pretérita. Hace tiempo que en España la gente es del PSOE o del PP como lo es del Madrid o del Barcelona. O del Valencia, del Sevilla o del Betis, para que nadie saque conclusiones erróneas con lo de Madrid -símbolo del centralismo- o Barcelona. No recuerdo cuántas veces he escrito esta idea -ni cuántas la han puesto otros negro sobre blanco-, pero no sobra repetirla porque cobra vigor cada día. Si unimos esta actitud a la premisa indiscutible de que las discusiones -o los debates- rara vez cambian opiniones, no hace falta reincidir en el comentario de que el encuentro cara a cara entre Zapatero y Rajoy ha sido inútil. Inútil para aclarar ideas, eso por sentado, pero no para verificar la alarmante realidad de que este país está dividido por un odio visceral. Las reacciones tras el debate han sido más significativas que el debate en sí mismo. Asunto distinto es quién ha creado el cisma; quién ha querido retroceder hasta febrero de 1936, cuando el Frente Popular ganó las elecciones. Lo de julio ocurrió cinco meses después.

Ya no se trata de meras discrepancias ideológicas. Quienes están en el entorno del PSOE sienten un rencor visceral hacia el PP. Y lo mismo ocurre con los que orbitan alrededor de la opción conservadora. Una actitud extensible a determinados medios de comunicación, entre los que destacan dos cadenas de radio. Quedan los terceros en discordia. Los nacionalistas, junto a ese intento de decencia que encabeza Rosa Díez -cuánto necesita España mujeres y hombres como ella-, al que acaba de unirse de forma pública Mario Vargas Llosa. Al escritor peruano, que también posee la nacionalidad española, ya no le sirve el PP por sus actitudes reticentes ante temas como el laicismo o la homosexualidad. Qué más da. En la convulsa situación actual, ¿importa algo que CC obtenga dos escaños -tres sería un triunfo para echar al vuelo todas las campanas del Archipiélago-, CiU, PNV y BNG se mantengan más o menos en sus cuotas de votos, y Rosa Díez logre sentarse ella sola, si es que lo consigue, en el Congreso de los Diputados? Más bien importa poco. Mal que le pese a Llamazares -que vaya a llorar a la Plaza el Charco, como dicen en mi pueblo- en esta liga sólo cuentan dos equipos. Los demás son rivales mudos. Están en la competición como coristas; término menos despectivo que el de comparsas; lo que en realidad son. Lamento la crudeza, pero la realidad suele ser irreverente con muchas aspiraciones personales o colectivas.

Porque, asidos a un mínimo de seriedad y tras el debate del lunes, ¿puede creer alguien que los canarios -y los andaluces, los extremeños, los que sean- van a votar el 9 de marzo para que la voz de su comunidad suene en Madrid? Sería tanto como aspirar a que todos los tinerfeños fueran hinchas del Tenerife, y ninguno del Madrid o del Barcelona. Desconozco a ciencia cierta -aunque tengo algunas referencias- lo que va a suceder dentro de semana y media en Cataluña, País Vasco o Galicia. La deriva del voto canario, en cambio, parece más clara. Salvo una gran sorpresa para la que, tras el debate del lunes y sin necesidad de aguardar al del próximo lunes, cada vez hay menos margen.

rpeyt@yahoo.es

 

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