Hoy, la campaña electoral alcanzará una de sus cumbres con el primer debate Zapatero-Rajoy, que en realidad es el segundo cara a cara relevante tras el que mantuvieron el viernes Solbes y Pizarro, quizá más decisivo que los de máximo nivel que se preparan. Y es digno de mención el hecho de que sólo uno de los infinitos titulares de la prensa del viernes sobre el debate de la víspera tenía verdadera carga política e intelectual: "Pizarro promete menos impuestos y Solbes más protección social", decía el rotativo en primera página. En realidad, quien hubiese seguido con atención el árido debate debería haber interiorizado tal disyuntiva clásica no de forma directa sino después de una cierta digestión de las propuestas, las actitudes y los talantes -desacreditada palabra- respectivos ya que el tú a tú fue confuso y sólo en una ocasión adquirió ribetes ideológicos: fue cuando Solbes puso límites al liberalismo de su adversario, quien había declarado recientemente que el dinero, donde mejor está, es en el bolsillo de los ciudadanos.
El aún ministro de Economía, en un vistoso rapto de elocuencia, le recordó a Pizarro que hay personas que no tienen dinero y otras que no tienen bolsillo, por lo que él es partidario de mantener e incrementar la protección social, de forma que no siempre podrán bajarse indiscriminadamente los impuestos. El rapapolvo contra el supuesto liberalismo doctrinario de Pizarro prosiguió con una crítica a determinadas declaraciones antiguas del candidato a favor de los regímenes de capitalización para la seguridad social, semejantes al que implantó Pinochet en Chil. Y el rifirrafe ya no dio más de sí en el terreno de las ideas, seguramente porque la distancia real entre las dos opciones es de simple matiz (lo que no significa que sea irrelevante).
Y es que se equivocaría absolutamente quien, a la vista de estas discrepancias que dan lugar a una jugosa dialéctica, creyese que estamos ante unas elecciones que se dirimirán en el terreno de la ideología. Ni Pizarro ni Solbes podrían a estas alturas practicar políticas presupuestariamente desequilibradas, ni discrepan en realidad de forma sustancial sobre el modelo de seguridad social. El PP no tiene propuestas "revolucionarias" en cartera. Y tampoco las tiene la izquierda, que hace tiempo se desprendió de la utopía.
¿Qué cabe esperar, pues, del debate de mañana? En modo alguno una victoria clara y rotunda de un contendiente sobre el otro (algunos analistas recuerdan que la inesperada victoria de Aznar sobre González en 1993 movilizó a los socialistas), y tampoco una clarificación mayor de las propuestas, que son ya bien conocidas en lo sustancial: lo que los teleespectadores obtendremos de esta ceremonia será una especie de convicción abstracta, quizá ni siquiera definitiva, sobre la idoneidad de los contendientes, en la que influirán conceptos tales como fiabilidad, confianza, atractivo, ilusión, capacidad, ambición. En definitiva, la ciudadanía perfilará unas imágenes que ya han ido sedimentando desde hace tiempo, pero sobre las que los indecisos -esta categoría difusa de electores que duda hasta el final, y que nadie sabe cuantificar con certeza- necesitan efectuar una nueva valoración de circunstancias que facilite su decisión. Hasta qué punto pesarán los tópicos o los estereotipos es algo imposible de conocer.
De cualquier modo, muchos pensamos que esta liturgia, que aquí adquiere tanto realce por la sencilla razón de que es infrecuente (Obama y Clinton debaten en público muchas veces durante las primarias, lo que ha generado una saludable rutina), tendrá en la práctica escasísimo efecto, aunque quien tiene más que perder en este envite es Rajoy. En efecto, hay una circunstancia nada desdeñable que constituye un riesgo cierto para el PP: las dos formaciones políticas están prácticamente empatadas en las encuestas si bien en la valoración personal de los líderes Zapatero aventaja con mucho a Rajoy; es claro entonces que la personalización de la campaña podría perjudicar a quien, en teoría, tiene menos encantos políticos que exhibir.
Dicho esto, hay que llegar forzosamente a la conclusión de que, por fortuna, no hay apriorismo alguno que nos permita saber cuál será la actitud del cuerpo electoral el 9-M. En esta ocasión, ni siquiera los pronósticos adquieren un compromiso de certeza y los encuestadores rodean sus presagios de cautelas y escapatorias para prevenir cualquier error. Sea como sea, estamos en presencia del gran espectáculo de la democracia, y debemos disfrutar de él sin permitir que ciertos torcimientos nos amarguen esta gozosa oportunidad de elegir.
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