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SUPERCONFIDENCIAL ANDRÉS CHAVES

El chupadero

25/feb/08 19:14
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1.- Cuando yo era pequeño, es decir, hace mucho, todos los que nos bañábamos en los alrededores del muelle de El Penitente temíamos al chupadero. Esta cueva marina portuense empieza en el acantilado del ex convento de Santo Domingo y termina probablemente bajo las antiguas losetas de la iglesia de la Peña de Francia. Existían varias leyendas inciertas sobre el chupadero, tan propias de un pueblo sin nada que contar. Y es verdad que no teníamos nada que contar porque las cartas que yo le escribía a mi amiga Rosi , entonces ausente en Inglaterra, que hace poco releí, eran una serie de estupideces colocadas una detrás de otra, sin valor literario alguno, llenas de lugares comunes y de personajes sin importancia, excepto Rosi y yo. El chupadero se deja ver cuando baja la marea, sobre todo en algunos días del año en los que el fondo del Penitente está ahí, al alcance de la mano.

2.- En este muelle sólo atracaba el "Boheme", barco que fue de la familia Trujillo , porque los Yeoward quedaban fondeados lejos del dique, que fue construido en los tiempos de Isidoro Luz . Se trata de un espigón sin valentía, que no sale hacia el mar sino que se queda chato, refugiado en tierra. El único atractivo del muelle de El Penitente es el chupadero, que -cuentan- una vez se tragó a una desafortunada mujer que cayó al agua, allí tan desordenada, y a una cabra; nadie acierta a explicar qué hacía una cabra en aquel lugar. Pero nosotros, incluso los que se tiraban desde el risco, le temíamos a ese agujero estrecho que hoy no tiene ninguna importancia, ni tampoco creo que los jóvenes de ahora sepan que existe, ni que arrastra una historia inveraz.

3.- Los chicos de los sesenta nos enamorábamos y nos desenamorábamos en San Telmo, que es otro dique, pero sólo para bañistas. En el Charco de los Espadartes casi se ahoga mi madre, según cuenta ella. En las mareas sin agua llegábamos caminando hasta La Cebada, donde se alza el muro de contención de las piscinas de San Telmo, precursoras del Lago de Martiánez. Ahí estuvieron Churchill y Onassis . Y desde La Cebada, en la silenciosa noche de entonces, se podía escuchar la música de Los Cinco Latinos, que tocaban y cantaban en la terraza del hotel Las Vegas. Había una luz, tras la cercana ermita, una luz a destiempo, que siempre estaba rota. La rompían a pedradas los enamorados, celosos de su intimidad. La reparaba el cura, por razones -entonces- inherentes a su ministerio.

achaves@radioburgado.com

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