A VECES les hablo aquí, en esta columnilla, de las inquietudes, críticas y peticiones de los lectores que me escriben al correo electrónico, ese estupendo invento que tanta fluidez ha proporcionado a la comunicación entre las buenas gentes. Yo no sé si a esos mensajes, a veces extensos, como cartas antiguas, se les puede incluir en lo que antes se llamaba el género epistolar. Me parece que sí. Lo que ha cambiado únicamente es el soporte y la rapidez, la inmediatez. ¿Sé enviar o recibir una carta de amor, de las antiguas, de las románticas, en plan e-mail? Por supuesto que sí. No habrá sobre perfumado y en vez de guardarla entre las páginas de un libro hasta que amarillee se reservará en una carpeta virtual. Lo importante es el contenido, en todo caso.
Uno es de los que creen que cualquier tiempo actual es mejor y de los convencidos de que cualquier tiempo venidero, y cuanto más lejano, será mejor, aun para quienes lo vivan y se lo gocen. Seguro.
A lo que íbamos. Que al margen de esa correspondencia cibernética, uno también se tropieza por la calle -o en la cafetería- con lectores que le detienen y le comentan algún escrito o le preguntan algún detalle que dejó suelto cuando, en un artículo se refirió a tal o cual cosa. Uno es bastante tímido, aunque no dé esa impresión y, si hay elogios de por medio, se queda cortado. Pero, si no, trato de satisfacer de inmediato la curiosidad y el interés de esos columníferos peatonales. El otro día, uno de ellos me recordó un artículo reciente en el que trataba de la satisfacción y alegría que experimentaba cuando encontraba una palabra nueva. Desconocida para mí. Y, por cierto, aprovecho la ocasión para pedir a mis comunicantes que me envíen vocablos raros, nuevos, antiguos o recuperados, porque lo agradeceré. En fin: que el lector callejero del que les digo, antiguo marino o currante en un barco, no me quedó claro, me preguntó -para echarme una mano en esa tarea de búsqueda terminológica- si, siendo yo tan aficionado a la gastronomía, conocía el significado, en ese contexto, de la palabra convoy.
Le dije que sí, pero que, seguramente, muchos de los camareros cogidos a lazo que trabajan últimamente en la restauración, lo ignorarían. Sé que está mal visto y es políticamente incorrecto achacar la caída de la calidad del servicio en el sector entre otros factores -hay muchos más- a la falta de preparación de los inmigrantes que copan un trabajo no muy querido por la población del país (ciertamente, quienes los contratan debieran darles una formación mínima, pero no lo hacen). Bueno. En cualquier caso, pídanle a cualquier camarero en un restaurante que le acerque el convoy. Apuesto a que en más del cincuenta por ciento de los casos no sabrá que le está solicitando la vinagrera. O sea, la pieza de madera, metal u otro material que contiene dos ampolletas o más para servir el vinagre, el aceite y, en ocasiones, otros condimentos.
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