NO SE OBSERVA, así a simple vista, mucho entusiasmo en las islas en torno a las próximas elecciones generales. La gente está un poco desencantada y la culpa no es de los electores, sino de los políticos que no han sabido hacer unos comicios atrayentes y acordes con la realidad del Archipiélago. Los ciudadanos van buscando una manera de gobernar que mejore la vida de los isleños, su existencia diaria, mientras que, salvo excepciones -que las hay-, los políticos están más por sus pactos y trapicheos para hacer mejor sus maniobras. Esos pactos que no se sabe nunca por dónde van a salir y que no siempre están de acuerdo con aquellas ideas que votaron los electores. No es extraño, por lo tanto, que los que tienen que depositar el 9 de marzo las papeletas en las urnas, se desentiendan cada vez más de eso que debería ser obligación de todos.
No todos encajan esa paridad de los candidatos que alguien se sacó de la manga. Si la Constitución dice expresamente que no se puede discriminar a nadie por razón de su religión, raza, color o sexo, ¿por qué han sido discriminadas la mitad de las mujeres que, por ejemplo, se presentaron voluntariamente en una de las planchas municipales de Garachico? ¿Y si eran las doce o trece personas mejor preparadas o más inteligentes del pueblo? ¿Por qué se deja a la mitad fuera de servicio y hay que poner a seis o siete hombres, aunque sean los más brutos del pueblo?
Hay cosas de sentido común, y eso de la paridad es lo más lejano que hay, me parece a mí, de la razón. Es como si implantamos la paridad -seis hombres y cinco mujeres- en los equipos de fútbol. ¿De qué se trata?, ¿de jugar bien al fútbol o de que haya seis machos y cinco hembras?
El asunto no merece mucha discusión.
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