A DOÑA Veremunda me la volví a encontrar anteayer, como tantas mañanas, tomándose el barraquito que otra vez pagué yo. Doña Veremunda leía el periódico del bar y estaba enfrascada en las páginas dedicadas a las legislativas del 9-M.
-Y usted, ¿por quién va a votar, vecina?
-El voto es libre y secreto -me contestó mirándome por encima de las gafas.
-No es indiscreción -me disculpé-, sino curiosidad.
La jubilada conciudadana dobló el periódico y me dedicó una risita.
-Me da igual que lo sepa. Yo me voy a abstener -y antes de que dijera nada, se me adelantó con un gesto.
-Me voy a abstener y no me venga con rollos macabeos, que usted es inteligente y no creo que se deje llevar por las totufadas de lugares comunes. Una es vieja -prosiguió-, pero despierta. Y no se traga los tópicos con que nos quieren convencer los políticos y los catequistas de la democracia formal, señor Chela. Yo no me trago la falacia de que votar es una obligación. Yo fui de las que, modestamente, luchó en su día porque la democracia volviese a este país. Y sé que el voto es un derecho. Y que los derechos se sustancian o no según le dé la gana al contribuyente. O al pensionista, como es mi caso.
-Pero, usted sabe que la abstención? -comienzo.
-Yo de la abstención sé poco. De la auténtica abstención, claro. No de la abstención a medias que es votar en blanco. Y los que dicen saber no saben nada. O nos engañan. ¿A quién perjudica la abstención?.... ¿A quién beneficia?... ¿Usted lo sabe?... Pues claro que no. Nadie lo sabe. La única manera de averiguarlo sería conocer de antemano a quién irían a votar quienes se abstienen. Y esa es una misión imposible. Así que dejémonos de vainas.
-Sin embargo, el voto en blanco? -trato de meter baza.
-El voto en blanco sí es una chingada, como dice mi sobrina que anduvo por las Américas y volvió hablando medio caribeño y medio lunfardo. Y sé que es una chingada, porque otro sobrino que de estas cosas de las urnas sabe tanto como el primo de Rajoy de economía me lo explicó: que el voto en blanco es un voto válido, que contabiliza en lo que se refiere a la ley esa de D'ont, o como se llame, y que, total: mientras mi no voto, lógicamente, no influye más que para poner la cara colorada a los partidos, ya que ninguno me satisface, el voto en blanco sí fortalece a los más votados, es decir a los del bipartidismo rampante, e impide que las fuerzas políticas minoritarias alcancen siquiera algún escaño testimonial.
Me quedo boquiabierto y doña Veremunda me sonríe y me comenta:
-¿Usted no sabía que yo en los 70 fui una mitinera que te cambas?... ¿No?... Pues, nada, hombre. Ya se ha enterado y, ahora, invíteme a otro barraquito.
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