NOS RATIFICAMOS en nuestra opinión de que el previsible bajón del nacionalismo en las próximas elecciones tendrá mucho que ver con que éste no le ha hecho caso a las voces que, desde Tenerife, venían advirtiendo de la equivocada política que sigue desde los tiempos de Manuel Hermoso, dándole la espalda a esta última isla. Ahora, Coalición Canaria busca votos que le sirvan para hipotéticos pactos en Madrid. Ojalá lo consiga, porque pensamos que, al fin y al cabo, el nacionalismo es lo único que puede salvar a este Archipiélago; la única fuerza que lo puede llevar por los senderos de la soberanía. Y, llegados a este punto, un inciso: no creemos que el ejemplo de Kosovo sea aplicable a los casos de Cataluña, el País Vasco y Galicia. Nos parece que España siempre ha tenido una unidad -aunque dentro de la "rica multiplicidad de sus regiones" que decía Franco- que no se puede romper ahora ante Europa. Ahora bien, Canarias es un caso distinto. Es un archipiélago y no una región. Nuestra situación, a dos mil kilómetros de distancia, nos convierte en caso aparte. Y la misión del nacionalismo es conseguir que esa particularidad se transforme en soberanía. Ahora bien, si a lo que juegan ahora estas fuerzas es al politiqueo con nuestro dinero, entonces no hay nada que hacer. Lo único: que intervenga la Justicia y que ponga orden en tanto dispendio, y que lleve a la cárcel a los que malversan fondos en lugar de tomarla con los mensajeros que, como nosotros, se limitan a sacar a la luz estos manejos. Como ejemplo, ahí tenemos el paradigma del latrocinio en los dineros públicos: el caso Tindaya. Así que esperamos que, cuando pasen estas elecciones, no se les ocurra a algunos volver con la tabarra del Estatuto de Autonomía. Al nacionalismo la única misión creíble que le cabe es buscar la soberanía de su tierra. Lo demás son juegos para diversión de unos cuantos. Porque, mientras, los partidos estatalistas se afianzan en Las Palmas, donde han establecido el virreinato, allí, en la tercera isla del Archipiélago. Y no es que critiquemos la estrategia de estas formaciones que dependen de Madrid, se limitan a ser coherentes con sus fines. Nos parece mal lo que hace el nacionalismo canario, que sólo se ocupa de lo folclórico, por muchas alianzas que busque con fuerzas minúsculas, aunque celebramos que en Las Palmas estén por el entendimiento. Pero, primero, tiene que acabarse lo del "gran", porque es lo que, desde hace muchos años, viene enturbiando las relaciones entre canarios, es la leña que atiza el fuego de pleito insular y el enfrentamiento entre hermanos. Y cuando llegue el momento en que ese calificativo desaparezca del nombre de la isla de Canaria, los documentos que se redacten que también sigan la lógica al nombrar a todas las demás, es decir, que lo hagan de mayor a menor. Lo del actual orden alfabético es una atrocidad consentida por los políticos. Al igual que ese escudo con siete triangulitos que ha sustituido al auténtico: seis iguales y uno mayor, Tenerife. Solucionar estos tres dislates sería un buen comienzo para elaborar un nuevo documento que haga olvidar el fracasado Estatuto de Autonomía de Canarias y que prepare el camino para negociar la soberanía con el Estado, con la Unión Europea y con la ONU. Y soberanía no es independencia, porque ésta es una ruptura total sin miramientos, mientras que la primera se lleva a cabo manteniendo la comunidad de intereses, lo que los británicos llaman una "commonwealth". Literalmente "riqueza común", es decir comunión de identidad, de dignidad, de libertad y de soberanía. Es una opción inteligente y necesaria.
El Estatuto de Autonomía actual o el que se pretende es un absurdo para continuar oprimidos en estos tiempos de amplitud y libertad.
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