AVANZAMOS implacablemente hacia las urnas acogotados por unas encuestas progresivamente menos definitorias. O sea que cada día ponen más de los nervios a quienes se enfrentarán el 9-M: jamás la cosa había estado tan igualada y tan empantanada. Se lo merecen los candidatos, porque tampoco nunca una campaña había sido tan vergonzosamente mercantilista ni se había parecido tanto a un mercadillo de charlatanes dispuestos a cualquier cosa con tal de vender su mercancía. Tanto ha sido así que, por primera vez en la historia, se ha producido un intento de venta de votos en internet. ¿Quién habrá dado semejantes ideas a los internautas sino los propios políticos?...
De todos modos, es posible que en la noche del 9 de marzo nos llevemos alguna que otra sorpresa. Los métodos demoscópicos son fiables, pero las personas, los votantes, no tanto. De indecisos pueden tornarse de repente en decididos, o, a última hora, pueden sentir el tilín trascendental de una corazonada y cambiar de papeleta. La única máquina cibernética infalible -y eso en la ficción- fue la omnipoderosa Multivac creada por la fructífera imaginación de Isaac Asimov. Ella podía concentrar las tendencias de todos los electores de Estados Unidos en un solo votante, pero aún así existía un factor de falibilidad: el de reacción de la mente humana. La duda. El pronto. Lo cual, volviendo a la realidad cotidiana, significa que el hecho de que los sondeos reflejen, en estos momentos, un empate técnico entre el PP y el PSOE no impide que, a la hora del recuento de votos y de aplicación de la caprichosa ley D´Hont, la distancia entre ambos competidores sea mayor y que cualquiera de los dos pueda vencer no tan ajustadamente como se prevé, sino con cierto margen de comodidad. Al tiempo.
En lo que se refiere a estas ínsulas, por supuesto, ni caso a las encuestas. Casi nunca aciertan y sería raro que fueran a atinar ahora por primera vez.
Los vaticinios absolutamente fiables, en cuestión de elecciones, no existen. Si bien esta afirmación, que podría considerarse una regla, tiene, naturalmente su excepción. Más que una excepción todo un caso inexplicable. Un expediente X que se dice. En 1956 un industrial estadounidense llamado Jack Swimmer se presentó, días antes de los comicios presidenciales, en la jefatura de policía de Los Ángeles. Swimmer no era mago ni ilusionista ni se dedicaba al mundo del espectáculo. Entregó a los agentes un sobre lacrado con una predicción electoral y un sustancioso cheque cuyo importe, se comprometió, donaría a la institución policial si se equivocaba. Tras celebrarse los comicios, se abrió el sobre y, efectivamente, el misterioso ciudadano había acertado el ganador, Eisenhower, que repetiría mandato. Pero es que, además, había acertado también el número exacto de votos obtenidos por el general: 33.974.241.
Eso sí es un vaticinio como Dios manda y, lo demás, gaitas.
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