UNA PERSONA desconcertada no puede expresar optimismo, ni poco ni mucho, porque el optimismo no existe, no se dan las condiciones, sino todo lo contrario. Si esa persona es un periodista, peor que peor, y si ese periodista es "este que lo es", que dicen en el campo, ya se agotaron los adjetivos absolutos, porque a uno le gusta escribir un poco en coña, para desdramatizar todo lo posible los relatos. Ahora, insisto, no se dan esas circunstancias. Aunque uno lee, oye y ve las imágenes a través de la TV de la crónica de sucesos en que se han convertido los telediarios, no le sorprenden los sucesos más o menos sangrientos. Pero cuando le tocan más cerca, como el espantoso parricidio del lugar de Los Olivos, en el municipio de Adeje, que dio lugar a que su ayuntamiento declarase oficialmente dos días de luto y se oficiaran honras fúnebres por las víctimas, que fueron dos niños y su madre, asesinados por el padre, el cual se suicidó, es porque esas tragedias se las provocan los trastornos mentales que, descubiertas a tiempo, pueden evitarse.
Una familia como esta de Los Olivos, cuyos miembros, en el ámbito familiar íntimo, se conocen perfectamente y, además, no residen en un lugar desértico, sino rodeados de todo un vecindario que, en los pueblos o en los barrios pequeños, la costumbre es que estén pendiente unos de otros, es raro que cualquier enfermedad, cualquier contratiempo y cualquier rara ruptura de costumbres no se observe, sobre todo en los matrimonios. Quiero decir que los trastornos mentales son fácilmente observables, porque una locura, salvo casos muy especiales, no viene de repente, sobre todo de las características de esta clase. Nadie concibe que un padre o una madre pueda dar muerte a dos hijos si no sufre un padecimiento mental. Pero, ¿cuántas veces leemos en la prensa, escuchamos por la radio y observamos por la TV, un suceso en que se dice, por ejemplo: "El agresor/a venía recibiendo tratamiento mental?".
A todo el mundo, menos, al parecer, a las autoridades y responsables de la seguridad, le consta que las medidas de alejamiento y las más complejas medidas de seguridad para tratar de acudir en auxilio de las mujeres que son objeto de agresiones han fracasado. ¿Por qué no se introducen con más frecuencia, empeño y eficacia los reconocimientos mentales de los sospechosos y se les da a los enfermos el tratamiento apropiado en los sanatorios psiquiátricos? Claro que habría de educar debidamente a las mismas mujeres, expuestas, o no, a uno de estos tratamientos violentos, síntomas claros, o no, de que el posible agresor padece algún trastorno de carácter mental.
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