LAMENTA el editorialista de un periódico nacional que la ONU sea incapaz de imponer los mismos criterios en todos los países del mundo. De forma concreta, critica que la política seguida por las Naciones Unidas en Kosovo no sea equivalente, por ejemplo, a sus titubeos en el asunto del Sáhara Occidental y el referéndum pendiente. Hace tiempo que no creo en la ingenuidad de nadie. Sin embargo, pensar a estas alturas que la ONU es una organización con independencia suficiente para actuar ecuánimemente, si eso fuese posible, se me antoja una broma de jardín de infancia. Menos mal que tenemos algo como la ONU. No me imagino cómo podría ser el orden mundial, en el caso de que pudiese haber algún orden en tales circunstancias, sin un foro como el de las Naciones Unidas. Pero con limitaciones; con todas las limitaciones que impone, de partida, la supremacía de cinco países sobre todos los demás. Me refiero a los miembros permanentes del Consejo de Seguridad (Estados Unidos, Rusia, Gran Bretaña, Francia y China), que pueden silenciar al resto del planeta siempre que les convenga.
¿Por qué Kosovo sí y el Sáhara no? O, ya puestos, ¿por qué no también el País Vasco y Cataluña? Ah, claro: las circunstancias de Cataluña y el País Vasco son distintas. Sin embargo, no veo diferencia alguna entre lo ocurrido el domingo en Kosovo, y que los vecinos de Tejina se reúnan en multitudinaria asamblea para, acto seguido, notificarle al Ayuntamiento de La Laguna su decisión irrevocable de convertirse en municipio independiente. Algo que pueden hacer en cualquier momento; por supuesto que sí. Lo estrambótico sería que tal decisión de sólo una parte consolidara una nueva situación administrativa. No es preciso lucubrar demasiado para advertir que, a partir de lo sucedido en los Balcanes, las posibilidades son inmensas.
Nada tiene de extraño el apoyo de Estados Unidos a la independencia kosovar. Los gringos no tienen problemas de escisiones internas. Cierto que en algunos estados del sur ondea la bandera confederada, inclusive en los edificios públicos. Se trata, empero, de un hecho más bien folklórico. La Guerra de Secesión acabó hace mucho tiempo. En contrapartida, a Washington le viene de perlas meterle el dedo en el ojo a Rusia con un aliado incondicional en los Balcanes; con un país que desde el primer momento le debe todo. ¿Cuántos guantánamos por aquellos parajes incluye el trato? Y ya que estamos, ¿acaso no es más manejable una Cataluña independiente, con sus cuatro millones y medio de habitantes, así como un País Vasco separado, con menos de tres millones de almas, que un Estado convertido, hoy por hoy, en la octava potencia industrial del mundo y cuyo presidente, para más inquina yanqui, no se levanta cuando pasa la bandera de las barras y estrellas? Sería de tontos perder oportunidades como estas.
Menos comprensible es el apoyo de la UE a la aventura de Kosovo, habida cuenta que varios países europeos tienen serios problemas de unidad. No sólo España, sino también Bélgica -un estado a punto de escindirse-, la centralista Francia con el asunto de los corsos e Italia con las pretensiones de la Liga Norte. Y la lista no acaba aquí. Parece, no obstante, que no importa abrir la caja de los truenos con tal de incordiar a Rusia. Antiamericanos por naturaleza, pero cretinos de nacimiento.
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