BUENO. El primero de los apuntes se refiere a una pifia que cometí en el artículo publicado el domingo pasado en esta misma columna. Varios lectores cayeron en la cuenta de mi error y me lo hicieron ver gracias al correo electrónico. Se lo agradezco a todos y pido excusas a los columníferos en general.
Contaba yo, como preámbulo del meollo del asunto del que iba a tratar, una conocida anécdota sucedida en un convento en el que los hermanos intentan lograr el permiso del prior para consumir tabaco. Me lié. Pero, por supuesto, la primera intentona de uno de los frailes y que recibió una negativa por respuesta, se planteó así:
-¿Puedo fumar mientras rezo?
La que tuvo éxito y logró convencer al abad (o fuese cual fuese la dignidad del responsable del monasterio) se formuló de esta guisa:
-¿Puedo rezar mientras fumo?
Aclarado queda y, nuevamente, mis disculpas.
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Y ahora, insistiendo sobre el mismo artículo, resulta que en apenas dos días las distancias en intención de voto entre el PP y el PSOE, de las que también les hablaba allí, se han acortado. La pegada de carteles, que es -volvamos al tópico inevitable- como el pistoletazo oficial de salida que marca el inicio del tramo final de la carrera hacia algunos escaños para unos y hacia La Moncloa, a ser posible, para otros, se va a producir en el escenario teórico de un empate técnico -con los populares echando el aliento en la nuca de los socialistas-, lo que aportará mayor interés a la competición. Aunque el interés real se mida, luego, en la abstención.
Todos, por supuesto, están convencidos de que lograrán sus objetivos (y aunque no lo estén, su obligación es proclamarlo, claro está). Rajoy lo huele en el ambiente, asegura. En el equipo de Zapatero ni se contempla la posibilidad de una derrota. CC confía en obtener grupo parlamentario para influir en la formación de Gobierno si se da el caso. Y hasta Nueva Canarias, el partido de Román Rodríguez, por el que apuesta Nacho González allá, pero no acá, confía en sacar un diputado. O dos, presumen sacando pecho.
La verdad es que las fuerzas políticas, además de equipos de campaña, asesores de imagen y estrategas a gogó, deberían contar todos con un Pepito Grillo que les bajase las ínfulas y les contara al oído algo sobre la realidad.
Porque la realidad, lamentablemente para algunos, siempre está fuera de la sede de los partidos. Ahí al lado, en la calle misma, pero fuera del encastillamiento electoral. Si se enteraran, menores serían las decepciones, oigan.
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