SI NO FUERA demasiado serio lo que se está jugando, las ofertas que nos vienen haciendo el presidente del Gobierno y el jefe de la oposición parecería un divertido acertijo. "Yo, cuatrocientos euros más de ayuda; yo, cuatrocientos euros menos de contribución; yo, trescientas mil plazas de nuevas guarderías; yo, más guarderías, pero además abiertas desde la siete de la mañana a las ocho de la tarde; yo, menos pena para los jóvenes; yo, penalizar a menos edad, para evitar que algunos jóvenes escapen al castigo".
Porque, claro, la gente se pregunta que si esto es posible de hacer sin modificar sustancialmente la marcha del país, ¿por qué no se hace o se ha hecho ya? ¿Por qué se tiene a la nación sufriendo un castigo innecesario? ¿Por qué hemos estado negando al pueblo tales beneficios, y ahora presentamos todo esto como algo que hay que conseguir en una cucaña?
Pensar esto nos lleva a la conclusión de que los políticos son unos desalmados que juegan con nosotros cómo y cuando les conviene. Que, teniendo a su disposición esas mejoras que nos podrían hacer felices, nos las regatean y nos hacen sufrir según a ellos les convenga o no.
Ya es hora de que cese esa subasta de ofertas nacionales que no dejan de ser una vergüenza para todos los ciudadanos que no ven al final sino una desatada ambición de lograr el poder, para después alcanzar sólo lo que les viene en gana a los vencedores. Que ni siquiera eso, porque, como hemos dicho tantas veces, no llegan a gobernar los que ganan, sino los que consiguen mejores pactos.
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