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DESDE DENTRO RICARDO PEYTAVÍ

Mal panorama para San Valentín

16/feb/08 19:02
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LO PRESENCIÉ hace ya años pero recuerdo la escena como si la hubiese visto ayer. Una chica en su mejor plenitud pasaba frente a una obra. Desde luego, podía haber pasado frente a una fábrica, una carpintería, un taller de mecánica o, en general, ante cualquier local con personal mayoritariamente masculino, pero pasó delante de una obra. Indefectiblemente se oyó el piropo. Un poco picante, pero en absoluto obsceno. Sin alterarse lo más mínimo, sin que se le despeinara un solo cabello de su lustrosa melena, la chica se volvió y le dirigió una respuesta al gracioso albañil que no reproduzco aquí por esa mínima cuota de recato que a uno le queda a estas alturas. Basta precisar que fue un "corte" fino, contundente, incontestable; en definitiva, una respuesta rápida y letal como una katana.

Me dieron ganas de tirarme al suelo para revolcarme de risa porque en toda la obra se hizo un silencio sorpresivo. No creo que el tipo de la lisonja abriese otra vez la boca en todo el día. Ni siquiera para pedir que le trajesen más argamasa. La chica, por su parte, siguió su camino como si no hubiese ocurrido nada. Bienaventurados los que -en este caso "las que"- además de guapos son inteligentes; o al menos hábiles de palabra.

Viene esto a cuento de que este año, y por culpa de lo políticamente correcto, el Día de San Valentín se ha convertido de en una caza de acosadores. Así, un jurista británico ha advertido de que enviar mensajes de amor por correo electrónico a los compañeros de trabajo podría ser motivo de despido si se produce un malentendido. Saltando al otro extremo del mundo, en Indonesia -país de mayoría musulmana- las autoridades amenazaron con severas penas a quien celebrase la festividad del santo del amor, sobre todo si ello suponía cometer actos obscenos. A lo peor hubiesen azotado en público al tipo que le dijo el piropo a la chica. O incluso también a la chica por haberle respondido. Menos mal que Zapatero arreglará pronto estos desatinos con su Alianza. La de civilizaciones, claro.

¿Dónde está el límite de lo que un hombre puede decirle a una mujer -o a otro hombre por el que siente debilidad; el sexo ya no importa mientras el amor sea puro- sin caer en el acoso sexual? Vaya por delante que detesto a quienes se aprovechan de las circunstancias para acosar a sus compañeras en el trabajo, en la universidad o cualquier otro lugar en el que hayan de estar juntos por el motivo que sea. Enumeración que extiendo inclusive a las discotecas y locales de ocio. He sido testigo de situaciones tan vulgares, que me han dado ganas de romperle la cara al fulano en cuestión. Aunque eso sea, además de políticamente incorrecto, penalmente perseguible. Pienso que la línea del no más allá debe estar en la educación personal. Y por si alguno no ha tenido padres decentes que lo eduquen en el "ya está bien, ¿de acuerdo?" expresado con contundencia por la acosada. Y si eso no basta, pues policías, fiscales y jueces. Optar, en cambio, por prohibir y perseguir con saña de inquisidor cualquier insinuación amorosa, por inocente que sea, se me antoja un disparate. Un despropósito como los que imperan en algunas instituciones académicas norteamericanas, donde está rigurosamente prohibido mirar a una mujer por debajo de la barbilla. En definitiva, mejor calvos que con dos pelucas; lo excesivo casi siempre resulta ridículo.

rpeyt@yahoo.es

 

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