EN BARCELONA se encuentra de todo menos, al parecer, el agua que precisa la Ciudad Condal, que así se llama aquel término municipal, no sé si por Don Juan de Borbón, el padre de nuestro Rey actual, o por cualquier otra persona que tuvo el mismo título antes de ostentarlo el citado hijo de don Alfonso XIII. He visto y oído por la televisión que, debido a la escasez del líquido elemento, han tenido que establecerse restricciones, bajar el suministro a las casas y las fuentes de la población y ha habido que poner normas para que se limite el consumo, con multas a quienes incumplan estas normas. Por ejemplo, los que viven en casas privadas no pueden fregar los suelos, utilizar las duchas para el baño ni regar con agua del suministro público los jardines o llenar las piscinas que poseen algunas casas. Según parece, sí podrá beberse agua pública por las personas cuando tienen sed, y emplear agua en la confección del potaje y otros elementos aguachentos, con la advertencia de que se haga el potaje espeso en vez de muy líquido, para ahorrar el agua. Lo que indica que no sólo falta el líquido en cuestión en estos días sino que la cosa va para largo porque los partes meteorológicos indican que no habrá lluvias en varios meses ni puede extraerse agua de pantanos, estanques y riadas, que son las que en mi pueblo llaman barranqueras.
En Santa Cruz, aunque algunas veces salga un chorrito pequeño por las tuberías, siempre ha habido agua para apañarse, pero, de pequeño, cuando viví en la villa de San Sebastián de La Gomera, donde el agua, en general se sacaba de los pozos de las casas con un cubo amarrado con una soga, a veces faltaba el líquido por varias causas, entre ellas la distancia que estaba la casa del mar y lo que llaman el nivel freático, que dicen que en La Laguna está debajo mismo de los mosaicos del suelo, que apenas se haga un agujero, sale el chingo para arriba. En la Villa, mi pueblo, este nivel debía de estar allá abajo porque el cubo estaba escacharrado debido a lo que se rozaba con los teniques del fondo. A veces, o no venía agua o venía revuelta. Pero la cosa tenía sus ventajas. Mi abuela perdonaba a los chiquillos de la casa -mis primos y yo- el baño que nos tocaba ese día, que, como el agua venía de la tierra, estaba fría como el hielo. Y se libraba uno de ese suplicio.
Me supongo que los barceloneses no muy amigos del baño estén contentos porque no tienen agua para la ducha. Ahora tendrán que bañarse de tarde en tarde, como hacíamos nosotros en La Gomera. Algo es algo.
Como ya dije que en algunos pueblos de la Península, la gente no está por el baño y la ducha, sobre todo en los poblados gitanos de Andalucía, también se alegrarán de que les falte, de vez en cuando el agua, para esos menesteres higiénicos.
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD