ALOS QUINCE días de llevar abierta en Las Palmas, a instancias de su cabildo, una oficina que intenta pasar por delegación del Parlamento de Canarias, el presidente de esta última Cámara, Antonio Castro, viene a descubrir que esa pretensión no se ajusta a la legalidad. Eso sí, parece albergar dudas sobre lo que dice el Estatuto de Canarias, pues se pronuncia con frases medidas y ambiguas, remite al Consejo Consultivo para aclarar la cuestión y, al final, viene a decir que él no tiene nada en contra de la iniciativa. Mientras tanto, el citado local, que la prensa de allá califica de "oficina casi parlamentaria" del cabildo, se alboroza por el "lleno" que registra algunos días, y ya tienen hasta sus propias peleas por que un partido sin representación en la Cámara de Teobaldo Power, como es el partido de Román Rodríguez, haya tomado posesión de un local allí dentro. Es decir, los partidos de allá se han montado su chiringuito, una especie de Parlamento paralelo, con sus disputas incluidas, y a todo el mundo le parece bien, incluida Coalición Canaria.
Justifican el engendro con la coartada del acercamiento al ciudadano, pero no engañan a nadie. No es más que un intento de romper el delicado equilibrio de la representación institucional entre las dos provincias canarias que tanto costó consensuar en los primeros años de la Autonomía, para llevarse allí la única institución de verdadero peso que queda en Tenerife. El currículum de despojos delata a los políticos canariones: partición de la Universidad de La Laguna, Televisión Autonómica, TVE en Canarias, Delegación del Gobierno central, Subdelegación de Defensa, etc., etc. Y en medio de esta operación descarada de latrocinio, una figura queda en evidencia entre todas: el presidente de la Cámara, que permite con su tibieza y falta de coraje la ópera bufa que representan los políticos canariones, entre ellos su correligionaria María del Mar Julios, la misma que quiso llevarse a Las Palmas el control de la sangre que se dona en Tenerife.
Lo que está ocurriendo es una vergüenza y acabará con un Parlamento bis en la capital de enfrente. A este paso sólo les queda a los de allá reclamar el derecho de pernada sobre las mujeres de Tenerife; y el día que lleguemos a eso, habrá que ver lo que hacen entonces nuestros "machos" políticos. ¿Se dejarán también?
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