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LA BUENA UVA JOSÉ H. CHELA

Palabras encontradas

12/feb/08 18:57
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ME ENCANTA encontrar palabras. Encontrarlas por casualidad, digo. No buscarlas. Si alguien se dedica a una tarea tan tediosa como leerse el diccionario de pe a pa (sería más correcto decir de la a la zeta) seguramente hallará muchos vocablos nuevos para él, cuyo significado desconocía. Pero, eso carece de interés y, acaso, los términos que le sorprenden se le olviden pronto. Las palabras son como los órganos o los aparatos que no se usan. Se atrofian y dejan de funcionar.

Otra cosa, como les contaba, es encontrar la palabra nueva donde menos te la esperas. Esa sorpresa siempre es posible, afortunadamente, por mucho que domines el idioma. Es una sorpresa, además, bienvenida y feliz, como cuando tropiezas con alguien que te gusta al instante o vas por una vereda a la que se asoma una flor silvestre e insólita que está reclamando con sus pétalos llamativos:

-Huéleme, ponme en tu ojal o llévame al vasito de la mesa de tu despacho.

Yo agradezco a los amigos que me muestren palabras nuevas. Cuando se las oigo a quien sea, no soy tan estúpido ni orgulloso como para fingir que sé lo que significan. Pregunto. Más vale -dice el dicho y dice bien- quedar como ignorante un ratito que serlo, de verdad, durante toda la vida. De modo que, por ejemplo, siempre recordaré al ya desaparecido Luis Bettónica especialmente por el regalo de un vocablo con el que titulaba la publicación que dirigía y que yo suponía un caprichoso invento del ilustre gastrónomo: El Pipiripao se llamaba el periódico. Luego supe -y a lo mejor el lector lo sabe de toda la vida- que un pipiripao es un convite espléndido, fastuoso y, sobre todo, la serie que se va haciendo una vez en una casa y a la siguiente en otra.

Participo telefónicamente en un programa de radio de una emisora de Las Palmas que trata de gastronomía y se titula "El cochafisco" (millo tierno, tostado, con un fisco de sal). Pregunto a mis conocidos de aquí, de Tenerife, y casi nadie reconoce la palabrita. Con los canarismos nos podemos llevar numerosas alegrías si nos apasiona eso del encuentro con bellas e interesantes palabras que no deben perderse. Mayormente, porque hay muchas que se quedan agazapadas en las fronteras de una isla y no cruzan el mar hacia las otras. Muchos isleños de acá o de allá ignoran que son, pongamos por poner, el jilorio, las clacas, el barraquito, las carajadas, las jareas o el pelibuey. Y eso que solamente he buscado términos que guarden alguna relación con la gastronomía. Pero, insisto en que tampoco es cosa de buscar, sino de encontrar en la conversa cotidiana o en la lectura causal.

Y viene este rollito a cuento de que acabo de hallar una palabra preciosa: calipigio. Designa a quien está dotado de un hermoso y proporcionado glúteo. Probablemente, si llamas calipigia a una señora no se enterará del piropo. El problema consiste en saber cómo se lo tomará cuando se lo expliques.

josechela@mojopi.com

 

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