PARA que una empresa sea competitiva ha de estar situada en un "tablero" cuyas reglas de juego sean iguales para todos los participantes. Pero si las reglas son importantes, lo son aún más el diseño, la función y las formas del mismo. Dicho de otra forma, en general hoy nos movemos entre dos maneras de entender cómo desde una determinada opción política se lleva a cabo la actividad económica de un país o de una determinada comunidad.
Hoy por hoy, las diferencias ideológicas están más en las siglas que en los conceptos; no obstante, es un hecho que la izquierda siempre ha representado el intervencionismo del Estado en, prácticamente, todos los asuntos que afectan a los ciudadanos; incluyendo, cómo no, la economía. Por ello, es importante tener en cuenta que, para que nuestras empresas puedan ser competitivas, es necesario que el gobierno de turno sea consciente de que hay que distinguir entre intervencionismo, y el hecho de legislar para dotar a los ciudadanos, en general, de los medios y los instrumentos necesarios para que todo aquel que desee constituya una empresa y pueda -sabiendo que le respalda un Estado de derecho-, competir en un mercado libre.
No obstante, es necesario establecer claramente la diferencia que existe entre responsabilidad y función en materia económica; ya que lo primero sucede cuando desde los poderes públicos se elaboran las leyes, normas y reglamentos, así como los criterios que han de configurar el marco-tablero donde se puede desenvolver libremente el mercado; en cambio, la función corresponde siempre a los empresarios a quienes les atañe la tarea de invertir, crear, producir, gestionar y distribuir sus respectivos bienes, productos o servicios.
En este tablero de juego, la Administración ha de desempeñar un papel neutral, ya que, de lo contrario, su simple actuación se entendería por parte de los jugadores (actores económicos) como una acción puramente intervencionista. La responsabilidad, pues, de la Administración pasa por plantear y dirigir una buena y eficaz política fiscal, que contribuya a elaborar una adecuada y necesaria justicia distributiva que, a su vez, genere confianza en los ciudadanos. No se puede gobernar de espaldas a los retos a que nos enfrentamos en este mundo cada vez más globalizado e interconectado. Precisamente, si hacemos que nuestra economía sea más competitiva, nuestras empresas serán menos vulnerables; y, a la vez, se garantizará la estabilidad del modelo social y económico al que aspira toda sociedad libre y democrática como lo es la nuestra.
Es un error mantener un criterio presupuestario expansivo, ya que, tarde o temprano, se terminará no controlando la inflación; haciendo, inevitablemente, que los salarios pierdan poder adquisitivo. Y si esto sucede, no habrá consumo, ni por supuesto ahorro; las empresas no venderán lo suficiente y tendrán que despedir a los trabajadores, cuando no cerrar definitivamente. Es por ello que necesitamos estabilidad política y presupuestaria. El bajar los impuestos y hacer que circule más dinero puede contribuir a dinamizar la economía y, a la vez, ayudar al ciudadano, el cual se siente en estos momentos agobiado, a confiar de nuevo en el mercado. Hoy, defender la competitividad es defender la creación de empleo. No podemos seguir viviendo en un páramo político-económico donde impere sólo la actividad del intervencionismo y de la subvención.
La vulnerabilidad de los mercados ante la amenaza de la globalización proviene, en cierto modo, de los cambios estructurales que está sufriendo el propio mercado internacional; cambios que, a su vez, han ido acompañados de un desarrollo tecnológico que ha facilitado en cierta medida el expansionismo de los flujos comerciales. Hoy más que nunca, las pequeñas y medianas empresas se han dado cuenta de que, uniéndose en patronales o en federaciones que aglutinen determinados sectores se hacen más fuertes, menos vulnerables y, por consiguiente, más competitivas. Se sienten seguras y respaldadas. Incluso muchas de estas empresas han comenzado a vislumbrar que el hecho de unirse a otras empresas puede mejorar considerablemente no sólo su imagen, sino acceder a más consumidores y ampliar los horizontes de su propio mercado.
Es, pues, evidente que si queremos sobrevivir en este escenario tan globalizado, hemos de planificar nuevas estrategias que nos reporten herramientas acordes al desafío al que hemos de hacer frente; principalmente, apostando por la pequeña y mediana empresa, facilitándoles un marco conveniente y los medios y los recursos apropiados para que puedan hacer frente a semejante reto.
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