NI TAL ni cual, ni carne ni pescado, ni chicha ni limoná, ni Zapatero ni Rajoy. Diablos. ¿Por qué tratan de inculcarle a uno la idea de que hay que optar entre dos males, entre dos desgracias inevitables? No somos condenados a muerte a los que se les pueda dar a escoger entre la silla eléctrica y el garrote vil, pongamos por caso. Parece que el personal comienza, cada vez con mayor frecuencia y en mayor cantidad, a hacerse estas preguntas.
Un diario nacional de reciente creación, Público, incluía un día de estos de atrás una encuesta encargada a una empresa demoscópica en la que se revelaba, creo que por primera vez, un dato en este sentido que me parece crucial: aumenta progresiva y decididamente el número de ciudadanos que no quieren ni a Rajoy ni a Zapatero en la presidencia del Gobierno. Lamentablemente, parece que no existen alternativas. Y no es que lo parezca, es que no las hay. Pero, ese sentimiento crítico y ácrata que crece en el electorado me parece de lo más positivo. Se lo han ganado a pulso. Es el resultado del enfrentamiento de dos modos de concebir la nación irreconciliables y extremados que no reflejan ni mucho menos -es mi humilde opinión y con ella me coloco al lado de los que no prefieren a ninguno de los dos líderes- el modo de pensar y de respirar por las entretelas de la mayoría de los españolitos. Los ciudadanos del común, en su inmensa mayoría, no son tan carcas y ultramontanos como Rajoy (el apoyo entusiasta del episcopado da pero que muy mala espina) ni tienen un talante tan abiertamente disparatado como el de ZP. Por otra parte, a quienes pasamos apuros económicos de un modo habitual, las jaujas que nos ofrecen el uno y el otro nos parecen una tomadura de pelo coyuntural muy poco seria y que merecería, por parte de todos, un severo castigo en las urnas.
Esa tendencia progresiva hacia el ni el uno ni el otro -en la que sería interesante ahondar desde un punto de vista sociológico- viene a echar por tierra la figura clásica del indeciso. No es lo mismo la incertidumbre que el rechazo, aunque, claro está, si no se pregunta a los votantes sobre la posibilidad del rechazo, éste queda disfrazado como inmaduro titubeo. Pero, nos vamos aclarando. De pronto, aparece un contribuyente que, cuando le preguntan que a quién va a votar, si a éste o al otro, interroga a su vez:
-Oigan? ¿Y no puedo votar a otro?... ¿O no votar? Porque este par de elementos me parecen impresentables.
Se me antoja una actitud de lo más consecuente, lúcida y crítica. Una actitud que aboca, indefectiblemente, a conceder el voto quien sabe a quién, o, mejor aún, a la abstención consciente. Un modo de machacar un sistema empeñado en machacar a quienes lo seguimos manteniendo como auténticos tortolines descerebrados.
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